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martes, 16 de marzo de 2010

Día 16-03-2010. Ciclo C.

16 de marzo de 2010. MARTES DE LA IV SEMANA DE CUARESMA. Feria . (Ciclo C). 4ª semana del Salterio. AÑO SANTO COMPOSTELANO Y SACERDOTAL. SS.  Eusebia ab, Heriberto ob, Julián mr.
LITURGIA DE LA PALABRA.

Ez 47,1-9.12: Vi que manaba agua del lado derecho del templo
Salmo 45: El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Jn 5,1-3.5-16: Al instante aquel hombre quedó sano
Todas las fiestas religiosas de Israel conmemoran alguno de los acontecimientos salvíficos obrados por Dios en el pasado a favor de su pueblo. Sin embargo, el ser humano, la persona como tal, no podía percibir ninguna de aquellas acciones de Dios pues permanecía postrado. Y así debía mantenerse, uno tras otro se sucedían los años y las fiestas de “liberación”, pero la situación para este enfermo/pueblo, era inmutable.

Jesús renueva esta sucesión inmutable de cosas. Ni siquiera tiene en cuenta que el “procedimiento” es meter al enfermo en la piscina, no tiene sentido para él ese “protocolo”; prescinde de esa imagen porque tal vez es precisamente el lugar, como elemento simbólico, que mantiene al pueblo postrado a la espera de que alguien se acuerde de él.

Jesús habla, “ordena”, y esta orden se ejecuta inmediatamente. El enfermo toma su propia camilla y comienza a andar; pero ahora, los defensores del “orden” y los guardianes de las prácticas religiosas, los que vigilan porque la norma externa se cumpla, ahora sí notan al hombre y lo encaran; antes aquel hombre, aquella porción de pueblo no les había preocupado para nada; ahora sí, porque está infringiendo nada menos que la ley del sábado.

PRIMERA LECTURA.
Ezequiel 47,1-9.12
Vi que manaba agua del lado derecho del templo, y habrá vida dondequiera que llegue la corriente
En aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo. Del zaguán del templo manaba agua hacia levante -el templo miraba a levante-. El agua iba bajando por el lado derecho del templo, al mediodía del altar. Me sacó por la puerta septentrional y me llevó a la puerta exterior que mira a levante. El agua iba corriendo por el lado derecho. El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia levante. Midió mil codos y me hizo atravesar las aguas: ¡agua hasta los tobillos! Midió otros mil y me hizo cruzar las aguas: ¡agua hasta las rodillas! Midió otros mil y me hizo pasar: ¡agua hasta la cintura! Midió otros mil. Era un torrente que no pude cruzar, pues habían crecido las aguas y no se hacía pie; era un torrente que no se podía vadear. Me dijo entonces: "¿Has visto, hijo de Adán?" A la vuelta me condujo por la orilla del torrente. Al regresar, vi a la orilla del río una gran arboleda en sus dos márgenes.

Me dijo: "Estas aguas fluyen hacia la comarca levantina, bajarán hasta la estepa, desembocarán en el mar de las aguas salobres, y lo sanearán. Todos los seres vivos que bullan allí donde desemboque la corriente, tendrán vida; y habrá peces en abundancia. Al desembocar allí estas aguas, quedará saneado el mar y habrá vida dondequiera que llegue la corriente. A la vera del río, en sus dos riberas, crecerán toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 45
R/.El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, / poderoso defensor en el peligro. / Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, / y los montes se desplomen en el mar. R.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, / el Altísimo consagra su morada. / Teniendo a Dios en medio, no vacila; / Dios la socorre al despuntar la aurora. R.

El Señor de los ejércitos está con nosotros, / nuestro alcázar es el Dios de Jacob. / Venid a ver las obras del Señor, / las maravillas que hace en la tierra. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Juan 5,1-3.5-16
Al momento aquel hombre quedó sano
En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos. Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice: "¿Quieres quedar sano?" El enfermo le contestó: "Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado." Jesús le dice: "Levántate, toma tu camilla y echa a andar." Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.

Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano: "Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla." El les contestó: "El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar." Ellos le preguntaron: "¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?" Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado. Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice: "Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor." Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado. Por esto los judíos acosaban a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.


Palabra del Señor.

Comentario de la Primera lectura: Ezequiel 47,1-9.12.
Debido al clima ártico de Palestina, las fuentes se consideran con frecuencia símbolos del poder vivificador de Dios. Por eso, a veces en las inmediaciones de una fuente se erigía un santuario. En la visión de Ezequiel, este poder de vida nueva mana del zaguán del mismo templo y fluyen hacia oriente, por donde regresó la Gloria del Señor a morar en medio del pueblo vuelto del destierro. Al principio, es un pequeño arroyo de agua insignificante, comparado con los grandes ríos mesopotámicos, pero va creciendo cada vez más y más hasta convertirse en un río navegable.

Es sugestivo el contraste entre la medida exacta y calculada siempre igual por el ángel y el crecer sin medida del agua, cuyo poder debe experimentar el profeta en su cuerpo (vv. 3b.4b). A él se le revela la extraordinaria fecundidad y eficacia de la fuente: llena de vegetación el territorio, sana el mar Muerto, hace que abunden los peces y que prosperen las gentes (w 7-10); los árboles frutales dan cosechas extraordinarias: el agua que viene de Dios sana y fecunda la tierra que recorre.

El Nuevo Testamento recogerá y llevará a plenitud la simbología: Jesús es el verdadero templo del que brota el agua viva del Espíritu (Jn 7,38; 19,34) por medio de la regeneración con esta agua vivificante y medicinal (Jn 3,5). 

Comentario del Salmo 45.
Es un cántico de Sión, Su tema central es la ciudad de Jerusalén, también llamada Sión (5-6).

Hay un estribillo que aparece en tres ocasiones (4b.8.12), separando tres estrofas: 2-4a; 5-7; 9-11.

En la primera de ellas (2-4a) se afirma que Dios es refugio y fuerza del pueblo en medio del caos universal. Se habla de «peligros» (2), de terremotos y maremotos (3-4a). Estas imágenes aluden a la situación que vive el pueblo en ese momento. No se trata de un caos universal en sentido real, sino figurado. 

Conviene hacerse una idea de cómo imaginaba la tierra el pueblo de la Biblia. Creían que era una superficie plana que descansaba sobre las aguas. Por encima de ella, estaba el cielo, en forma de bóveda. Dicho de otro modo, imaginaban el cielo como si fuera una especie de palangana boca abajo, sostenido sobre la tierra por unas columnas invisibles. Estas columnas (las montañas) tenían sus cimientos en el fondo del mar, que estaba debajo de la tierra. Podemos, entonces, imaginarnos la siguiente escena: la tierra tiembla (un terremoto), y las montañas que sostienen el cielo se resquebrajan y se desmoronan en el fondo del mar a causa de un maremoto. El cielo se precipita sobre la tierra. Es el caos total, el fin del mundo. Pues bien, este salmo dice que, aunque suceda todo esto, «Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, defensor siempre alerta en los peligros» (2). Pero no podemos olvidar que se trata de una imagen que nos remite a otra realidad, la situación que estaba viviendo el pueblo que dio origen a este salmo.

El estribillo (4b.8.12) asegura la presencia del Señor de los ejércitos en medio del pueblo. En tiempos de la conquista de la tierra y en la época posterior, los ejércitos del Señor eran los soldados israelitas, el ejército de Israel. El Señor era visto como una especie de comandante militar. En tiempos de exilio, su ejército pasó a estar formado por las estrellas y los astros del cielo. El estribillo presenta al Señor como un alcázar, lugar de refugio y de defensa contra el enemigo.

La segunda estrofa (5-7) habla de las corrientes de agua que dan vida a Jerusalén, ciudad en que se encuentra el templo (morada del Altísimo). No vacila, porque Dios está en medio de ella. En la ciudad reina la paz (el nombre «Jerusalén» significa «ciudad de la paz»). No hay nada que temer, aunque se produzca un «terremoto» de naciones, es decir, aunque estallen conflictos internacionales de grandes proporciones.

La tercera estrofa (9-11) invita a contemplar las obras de Dios no sólo en Jerusalén, sino en todo el mundo: él es quien crea la paz universal, destruyendo todas las armas e ingenios de guerra y de muerte. Enciende una inmensa hoguera con los arcos, las lanzas y los carros de guerra. Se invita a todo el mundo a rendirse a este Dios, más alto que los pueblos, más alto que la tierra.

La situación que originó este salmo es muy clara. En el año 701 a.C., Senaquerib, general asirio, tuvo que levantar el cerco de Jerusalén. Había sometido la ciudad a asedio con la esperanza de que, por falta de agua, la población se entregaría. Ezequías, rey de Judá, previendo la posibilidad de una circunstancia semejante, emprendió una gigantesca obra de ingeniería. Mandó excavar un túnel para conducir al interior de la ciudad las aguas de la fuente Guijón, que estaba fuera de sus muros. Se hizo cubrir la superficie de la fuente. El túnel pasaba por debajo de las murallas de Jerusalén, llevando las aguas hasta una gran cisterna, que se llamó la piscina de Ezequías (2 Re 19,20).

Los asirios esperaban de un momento a otro la rendición de la ciudad. Pero Jerusalén continuó con su vida normal, con suficiente agua para beber y para los sacrificios del templo (5). La peste acabó con la vida de muchos miembros del ejército asirio, lo que obligó a Senaquerib a regresar a su tierra para no perder el resto de sus soldados e incluso su propia vida (2 Re 19,35; Is 17,14), Al día siguiente, al despertarse, los habitantes de Jerusalén encendieron una gigantesca hoguera en la que quemaron todas las armas. El pueblo atribuye lo sucedido a la acción del Señor, que extiende su poder de paz hasta los confines del mundo (9-11).

Así pues, este salmo habla de la superación de un conflicto internacional de graves consecuencias. Las imágenes de caos de la primera estrofa (terremotos, maremotos) hablan de la angustia y las dificultades con que vivía la población de Jerusalén. A pesar de ello, la ciudad y el pueblo tenían una confianza inquebrantable en el Señor, refugio, fuerza y alcázar.

Este salmo muestra un rostro extraordinario de Dios (a pesar de que se le presente como Dios de la ciudad y del templo, ignorando al pueblo del campo): aliado fiel, refugio, fuerza, alcázar, capaz de mantener inconmovible la confianza del pueblo y de la ciudad amada, a pesar del caos internacional y de las amenazas del extranjero. Es el «Dios-con-nosotros» que canta el estribillo, el Dios de la Alianza que no permite que vacilen ni el pueblo ni la ciudad, pues habita en medio de ellos. Los escucha cada mañana, a la hora de los favores divinos. Este retrato de Dios se amplía, convirtiéndose en el Señor universal, creador de la paz entre todos, más alta que los pueblos, más alta que la tierra.

Mateo presentó a Jesús como el «Dios-con-nosotros» (Mt 1,23), aquel que inspira confianza porque venció al mundo (Jn 16,33), dominó la violencia del viento y del mar, que le obedecen (Mc 4,35.41). Venció incluso la muerte, convirtiéndose en el primogénito de los que resucitarán de los muertos (Ap 1,5). Es el portador de la paz, fruto de su victoria sobre la muerte (Jn 20,21).

No obstante, Jerusalén rechazó a Jesús. Lucas (13,34-35; 19,41-44) nos muestra a Jesús llorando por Jerusalén, pues no acogió a quien le hacía una propuesta de paz.

Podemos rezarlo cuando queremos incluir en nuestra oración la situación en que se encuentran nuestras ciudades; cuando sentimos una gran confianza en Dios; cuando necesitamos confiar a pesar de los conflictos; cuando deseamos que la paz abrace el mundo.

Comentario del Santo Evangelio: Juan 5,1-3.5-16.
Jesús, salvación de Dios, decide atravesar los soportales de miserias humanas que se reúnen junto a la piscina de Betesda, en Jerusalén. Allí se encuentra con una en particular. Su palabra se dirige a ese pobre paralítico que lleva enfermo treinta y ocho años, casi toda su existencia. Después de tan larga espera, ¿qué puede pedir de bueno a la vida?

La pregunta aparentemente obvia de Jesús (v. 6) despierta la voluntad de este hombre y, por un simple mandato (v. 8), recobra la fuerza: carga con su camilla, compañera de tantos años de enfermedad, y camina llevándola consigo como testimonio de su curación. Jesús renueva la vida, cosa que no podrían hacer los ritos supersticiosos, ni siquiera la Ley: quien se queda bloqueado en su interpretación literal, en la rigurosa observancia del sábado, es un paralítico del espíritu, un ciego de corazón. A diferencia de aquel enfermo, no quiere curarse y su rigidez se convierte en hostilidad.

En el templo, Jesús se encuentra con el hombre curado y le dirige la palabra clara y exigente (v. 14), de la que se desprende que hay algo peor que 38 años de parálisis: el pecado, con sus consecuencias. Jesús no quiere renovar la vida a medias: si no se nos libera de las ataduras del pecado, de nada nos sirve que se nos desentumezcan los miembros. Es una libertad por la que debemos optar cada día: “¿Quieres quedar sano?... No peques más”.

Sentado en los límites de la esperanza, sin poder comprometerse con la vida, desilusionado de los demás y con frecuencia también de la religión: así es el hombre de hoy, de siempre, al que Cristo viene a buscar allí donde se encuentra, paralizado por el sufrimiento, el pecado o por distintas circunstancias. Jesús sencillamente pregunta: “¿Quieres curarte?”. Pregunta obvia, quizás, pero exige una respuesta personal que renueva interiormente y hace sentir la gran dignidad del hombre: su libertad y responsabilidad. Luego, sencillamente, dice: “Levántate: echa a andar...” No por medio de ritos vacíos o por no sé qué agua milagrosa, sino por el poder de la Palabra de Dios que recrea, rompe las ataduras que aprisionan. No es nada la parálisis del cuerpo: hay ataduras mucho peores que atan el corazón al pecado. Por esta razón, Cristo ha dejado a la Iglesia la eficacia de su Palabra y la gracia que brota como un río de su costado abierto: agua viva del baño bautismal, que regenera y renueva al pecador; agua viva de las lágrimas del arrepentimiento, que suscita el Espíritu para absolver de todo vínculo de culpa al penitente; sangre derramada por aquel que fue perseguido a muerte por haber traído al mundo la salvación de Dios.

Comentario del Santo Evangelio: 5 1,3ª. 5-16, para nuestros Mayores. El paralítico de Betsaida.
Jesús sube de nuevo a Jerusalén. A diferencia de los Sinópticos, que hablan de un único viaje de Jesús a Jerusalén, el evangelista Juan le presenta actuando frecuentemente en la ciudad santa. Es lo normal. Al menos en las fiestas de peregrinación, Jesús subiría a la capital religiosa y nacional de su pueblo, En esta ocasión se nos habla del motivo del viaje de una manera imprecisa. Se celebraba una fiesta. ¿Cuál? Las opiniones se hallan divididas entre la fiesta de la pascua y la de los tabernáculos.

El evangelista Juan vincula la escena estrechamente al lugar en que se produjo el suceso. Describe el lugar como índice de la realidad de lo ocurrido. La arqueología ha demostrado que su información era correcta. Ha descubierto dicha piscina al noreste de Jerusalén. Y aunque no se ha hallado vestigio alguno, de los cinco pórticos, es muy posible que en tiempos de Jesús existiesen. La creencia popular atribuía al agua de dicha piscina un poder milagroso de curación, y esto se hallaba en conexión con cierto movimiento de las aguas. La misma creencia popular atribuía aquel movimiento de las aguas a un ángel. ¿Una corriente de agua que alimentaba de vez en cuando la piscina? ¿Una fuente intermitente?

Entre los enfermos que allí esperaban había uno que destacaba sobre todos. Llevaba 38 años esperando su oportunidad. Desde siempre se ha especulado con el significado de estos 38 años. Y con razón. Porque aparte de ser muchos años de espera, cuando el cuarto evangelio ofrece datos numéricos de este estilo, hay que suponer, por principio, alguna intención más profunda. ¿Cuál sería en este caso dicha intención?

Es inaceptable que, con la cifra apuntada, el evangelista quiera expresar la ausencia de toda esperanza. Para indicar este motivo hubiese recurrido a un número «redondo». Probablemente lo que aquí tenemos es una alusión a los 38 años de peregrinación del pueblo de Dios por el desierto. Los 38 años fueron añadidos a los dos que llevaban peregrinando como castigo, tal como es presentada la historia en el Deuteronomio (Deut 2, 14), hasta que desapareciesen todos los hombres de aquella generación.

El paralítico de la piscina simbolizaría al pueblo de Israel, que, después de su larga peregrinación, encontraría en Jesús su salvador, quien lo introdujese en la tierra de la promesa. Después de 38 años de esperanza «desesperanzada» había llegado el cumplimiento de la promesa. A pesar de todo, el paralítico, el pueblo de Israel, no llega a la fe. Es Jesús quien tiene que tomar la iniciativa y, después de curado, declara quién lo había hecho, y esto hace que los enemigos de Jesús, una vez más, se vuelvan contra él.

En la curación del paralítico encontramos algunos rasgos comunes con otra narración en la que el protagonista es también un paralítico (Mc 2, 1-12). Pero en el relato de Marcos, Jesús se enfrenta no sólo con el paralítico, sino con los hombres que lo llevaban, que estaban animados de una fe extraordinaria. El caso de Juan es completamente distinto. Jesús toma la iniciativa e incluso tiene que provocar en el enfermo el deseo de ser curado. Y tal vez sea esta iniciativa de Jesús la que se halle en el centro del interés del narrador. Se trata de un encuentro sumamente significativo entre el «curador» y el que había sido curado. En el encuentro posterior en el templo llaman la atención las palabras que Jesús le dirige: «No vuelvas a pecar, no sea que te suceda algo peor».

¿Estamos ante la creencia generalizada en tiempos de Jesús, según la cual toda enfermedad o desgracia tenía su origen en algún pecado? Qué Jesús no compartía esta creencia nos consta por sus declaraciones a propósito de la curación del ciego de nacimiento (cap. 9). ¿Qué quieren decir, entonces, sus palabras? Probablemente hacen referencia al juicio de Dios. Más allá de todas las calamidades humanas está ese juicio de Dios que, por el pecado, puede conducir a lo peor, a la condenación.

La escena adquiere un tono dramático por razón del día en que había tenido lugar la curación: era sábado. Estaba prohibido llevar peso el sábado. Los «judíos», los enemigos de Jesús, tienen aquí un buen punto de apoyo para comenzar la ofensiva. Pero el paralítico eludió toda responsabilidad traspasándola al que lo había curado. En realidad esto es lo que buscaban los judíos, porque lo importante no era que un pobre hombre llevase una camilla a cuestas el sábado, sino que Jesús hubiese hecho esta curación precisamente en sábado.

Comentario del Santo Evangelio: Jn 5,1-3a.5-16, de Joven para Joven. El enfermo de la piscina.
Los restos arqueológicos testifican que realmente había una piscina al noroeste de Jerusalén, a la que se le atribuían poderes curativos en conexión con cierto movimiento de las aguas, que la creencia popular atribuía a un ángel. ¿Se trataba de una corriente de agua que alimentaba de vez en cuando la piscina? ¿Había una fuente intermitente? La piscina estaba, sin duda, edificada sobre una fuente de aguas medicinales en el barrio norte de Jerusalén.

Entre los enfermos que esperan hay uno que lleva 38 años aguardando su oportunidad. Cuando Juan ofrece datos numéricos de este estilo, hay que suponer una intención profunda. Son muchos años. Muy probablemente el evangelista hace alusión a los 38 años de peregrinación del pueblo de Dios por el desierto. Los 38 años fueron añadidos a los dos que llevaba peregrinando como castigo (Dt 2,14), hasta que desapareciesen todos los hombres de aquella generación.

Así, pues, el paralítico de la piscina simboliza al pueblo de Israel que, después de larga peregrinación, encontraría en Jesús al salvador que lo introdujese en la tierra de la promesa. Después de 38 años de espera “desesperanzada” había llegado el cumplimiento de la promesa. A pesar de todo, el paralítico, el pueblo de Israel, no llega a la fe. Es Jesús quien tiene que tomar la iniciativa (Jn 5,6).

Juan, como en el caso del ciego “de nacimiento” y de la muerte de Lázaro, pone a Jesús ante una situación desesperada, para destacar mejor su poder divino por encima de los límites humanos. El relato viene a proclamar que no es ya el agua de la fuente la que tiene el poder curativo para rehabilitar al hombre, sino la persona misma del Hombre-Dios, depositario eficaz de la vitalidad del agua viva.

Cuaresma es tiempo oportuno para revivir el bautismo. En la solemne Vigilia del sábado santo tendrá lugar su gran conmemoración y la renovación de las promesas bautismales. Cuaresma es como unos ejercicios que preparan para hacer esta renovación con todo compromiso. Por eso las lecturas bíblicas tienen referencias bautismales. Las antiguas piscinas bautismales con más expresividad y las modernas con menos evocan y superan el poder sanador de la piscina de Betesda. Como afirmaban los Santos Padres, haciendo un juego de palabras, la piscina o pila bautismal es, al mismo tiempo, “shema” y “shoma”, es decir, “cuna” y “sepulcro”: cuna del hombre nuevo y sepultura del hombre viejo. El bautismo alumbra en el corazón del cristiano una fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna (Jn 4,14). Todo bautizado ha de sumergirse en esa fuente sacramental para no incurrir en la parálisis o para recuperarse de ella.

Es lamentable el poco relieve que tiene en la vida del cristiano actual el bautismo como fuente de espiritualidad. Muchos cristianos ni saben el día en que fueron bautizados y otros muchos ni el lugar. Muchos peregrinos sienten una profunda emoción al conmemorar su bautismo en el Jordán, donde Jesús fue bautizado; en realidad tan fecunda puede resultar la conmemoración en el propio templo parroquial en que fuimos bautizados. Algunos Padres Conciliares en el Vaticano II proponían que se institucionalizase un proceso catequético en orden a la ratificación por parte de los jóvenes de su bautismo, para que verificaran personalmente la opción bautismal. Es lamentable que no se haya puesto en práctica la iniciativa.

Los signos bautismales constituyen una catequesis simbólica, elocuente, conmovedora y comprometedora; ella ha de inspirar una espiritualidad que ahuyenta la mediocridad. Los signos ponen de relieve lo que somos y el camino que hemos de seguir. El bautismo supone una inmersión en el misterio pascual de Jesús: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Aquí empieza el misterio. Por el bautismo entramos a formar parte de la Familia divina, como hijos del Padre, hermanos del Hijo y templos del Espíritu; y entramos a formar parte de la comunidad eclesial, icono de la Trinidad: “La comunidad cristiana te recibe con gran alegría. Entras a formar parte del pueblo de Dios y eres para siempre “miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey”. La imposición del vestido blanco es signo de que el cristiano ha de “revestirse de Cristo”. Esto implica “renunciar” al estilo de vida y a los criterios opuestos al Evangelio, “estar en el mundo sin ser del mundo” (Jn 17,15). La unción con el óleo evoca la presencia del Espíritu en la lucha contra las agresiones del mal. Esto es lo que significa también la inmersión, en que propiamente consiste el rito bautismal: “ahogamiento del hombre de pecado” (Col 2,3). Una vez liberados del pecado somos enviados al mundo para ser sal, fermento y luz (Mt 5,13-15): “Recibe la luz de Cristo. La unción con el crisma nos consagra sacerdotes, reyes y profetas para ser testigos del Señor y trabajar por el crecimiento de su Reino en comunión con la comunidad cristiana. El bautizado recibe la imposición del signo de la cruz para que, como Pablo, “no se gloríe sino en ella” (Gá 6,14); ello significa el compromiso de vivir la dinámica pascual de entregar la vida para multiplicarla, como el grano de trigo (Jn 12,24).

Por tanto, el bautismo no puede reducirse a un rito para “lavarse del pecado original” e introducirse en la Iglesia. Los signos bautismales son Palabra viva de Dios, que “significan” la dignidad del cristiano y expresan su misión en la Iglesia y en el mundo. En el bautismo, vivido y revivido, Cristo, agua viva, nos desentumece y rehabilita; por eso hay que volver a él constantemente. Quien vive la espiritualidad bautismal, goza de una vida desbordante y fecunda.

Elevación Espiritual para este día.
La piscina o el agua simbolizan la amable persona de nuestro Señor Jesucristo. Bajo los pórticos de la piscina yacían muchos enfermos, y el que bajaba al agua después de ser agitada quedaba completamente curado. Esta agitación y este contacto son el Espíritu Santo, que viene de lo alto sobre el hombre, toca su interior y produce tal movimiento que su ser, literalmente, se conmociona y se transforma completamente, hasta el punto de que le hastían las cosas que antes le agradaban o desea ardientemente lo que antes le horrorizaba, como el desprecio, la miseria, la renuncia, la interioridad, la humildad, la abyección, el distanciamiento de las criaturas. Ahora constituye su mayor delicia. Cuando se produce esta agitación, el enfermo —esto es, el hombre exterior, con todas sus facultades— desciende interiormente al fondo de la piscina y se lava a conciencia en Cristo, en su sangre preciosísima. Gracias a este contacto, se cura con toda certeza, como está escrito: “Todos los que lo tocaban se curaban” 

Reflexión Espiritual para el día.
Volviendo a un hombre totalmente sano, Jesús le confiere la vida en plenitud; se exhorta ciertamente al hombre o no pecar más, pero él no hace más que una cosa: “andar”. A diferencia del ciego de nacimiento, después de su curación, no se pone a proclamar que Jesús es un profeta, ni se pone a confesar su fe, sino que es simplemente un signo vivo de la vida transmitida por el Hijo, y en este sentido expresa al Padre. No hay ninguna consigna de que no “reniegue”, sino el deber de existir, de “caminar” simplemente. El creyente es un hombre que camina, si permanece en relación con el Hijo y, por él, con el Padre.

¿Cómo transmite Jesús la verdad que habitaba en él? Él sabe que la Palabra es creadora de vida y sabe también que la Palabra traducida en palabras corre el peligro de verse confundida con el parloteo del lenguaje humano. Por eso empieza dando la salud a un hombre que llevaba muchos años enfermo; y sólo a continuación ilumina su acción. Al realizar esta acción en día de sábado, suscita una cuestión sobre la autoridad de su misma persona, y luego explica su sentido.

De esta manera, todo discípulo puede aprender también la forma de comunicar su experiencia de fe. Frente a los que no la comparten, me siento tentado a combatir con palabras que expresen la verdad. Pero de esta manera me olvidaría de que las palabras no son solamente un medio de comunicación, sino también un obstáculo para el encuentro con otro. Por el contrario, si pongo al otro en presencia de un acto que invite a reflexionar sobre ese ser extraño que soy yo (cf. Jn 3,8), entonces se entabla un diálogo, no con palabras que se cruzan, sino entre unos seres vivos, discípulos, para comunicarse a través de unos gestos que ofrecen sentido. 

El rostro de los personajes y pasajes de la Sagrada Biblia: Ezequiel 47, 1-9.12.Yavé, torrente de aguas fecundas.
El motivo dominante de toda esta sección profética- escatológica de la manifestación de la Gloria de Yavé en medio de la tierra, en medio de su pueblo, en medio del templo, como eje central vivificante alcanza en esta poética visión del torrente caudaloso su expresión cimera. 

En la nueva era, las condiciones de vida serán las mismas que al principio de la creación y sin posibilidad de retroceso La naturaleza será transformada por la presencia de la Gloria de Yavé en medio de Israel. Ezequiel se sirve ahora, como antes lo hiciera con el espíritu, de ese río de Dios de aguas vivificantes, haciéndose eco de viejas mitologías dentro de su concepción sacerdotal del templo como eje central de toda la vida del país.

Por eso, los cuatro ríos paradisíacos son ahora un único torrente que brota del zaguán del templo y, descendiendo hasta el torrente Cedrón por el lado derecho del templo, arroyo de escasísimas aguas, va llenándolo de caudal hasta convertirlo en auténtico torrente de aguas no vadeables, que irían fertilizando los campos hasta llegar al Mar Muerto, donde convertirían sus aguas saludables en dulces haciéndose así posible la vida de los animales.

En verdad, podemos decir que dicho torrente sería un generador de vida. Y de vida continua, creciente, invasora, comunicada De nuevo el contraste de muerte y vida, de estepa y fertilidad, de mar muerto y de “vida donde quiera que llegue la corriente”.

Así se lo muestra el acompañante haciéndole contemplar la vida de los peces en el Mar Muerto, el humaniza do trabajo de los pescadores a la orilla que les permite vivir apaciblemente y ese brotar a sus riberas un nuevo jardín paradisíaco de frutos, cosechas y vegetación; frutos que serán todos comestibles; hojas que serán medicinales. Y todo porque «los riegan aguas que manan del santuario»

En una palabra, el sentido de esta visión no puede ser más claro; en la nueva Jerusalén de los tiempos escatológicos la presencia de Yavé será una bendición manifestada con poder vivificante y creador.

El simbolismo del agua será recogido por el Nuevo Testamento aplicado a Cristo, fuente de aguas vivas que brotan hasta la vida eterna, como dirá a la samaritana, por el Apocalipsis 22, 1-2 y por la liturgia bautismal cristiana. Pero el agua sigue siendo agua, símbolo. No así la acción vivificante de Dios por ella significada.
 

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