26 de marzo de 2010, VIERNES DE LA V SEMANA DE CUARESMA, 1ª semana del Salterio. Feria. Abstinencia. (Ciclo C), AÑO SANTO COMPOSTELANO Y SACERDOTAL .SS. Braulio ob, Cástulo mr, Manuel, Sabino, Cuadrado y Teodosio mrs.
LITURGIA DE LA PALABRA
Jr 20,10-13: El Señor está conmigo, como fuerte soldado
Salmo 17: En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.
Jn 10,31-42: Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos
La tensión que se va dando entre Jesús y sus adversarios está en que cada vez se va haciendo más patente el antiproyecto de los “judíos” a la luz del auténtico proyecto del Padre explicitado en cada signo y en cada palabra de Jesús; las obras de Jesús son absolutamente contrarias a las obras de sus adversarios y, aunque les muestra cómo pueden enderezarse esas malas acciones, ellos prefieren “tomar piedras para apedrearlo”.
“Sólo he hecho obras buenas, ¿por cuál de ellas quieren apedrearme”? Es obvio que no hay motivo de juicio si de las obras se trata; el motivo según ellos es la blasfemia: “no queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios”. Si Jesús proclamara sin más que es el hijo de Dios, podrían juzgarlo como loco, aspaventoso, y no sería el primero; pero aquí el caso es que al proclamarse como hijo de Dios, lo hace a través de sus obras, y aún así, los judíos no le creen, continúan empecinados en rechazarlo sencillamente porque sus signos y palabras no coinciden para nada con los moldes prefijados por ellos mismos para el Mesías venidero.
PRIMERA LECTURA.
Jeremías 20,10-13
El Señor está conmigo, como fuerte soldado
Oía el cuchicheo de la gente: "Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo." Mis amigos acechaban mi traspié: "A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él."
Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial: 17
R/.En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; / Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, / mi fuerza salvadora, mi baluarte. / Invoco al Señor de mi alabanza / y quedo libre de mis enemigos. R.
Me cercaban olas mortales, / torrentes destructores me aterraban, / me envolvían las redes del abismo, / me alcanzaban los lazos de la muerte. R.
En el peligro invoqué al Señor, / grité a mi Dios: / desde su templo él escuchó mi voz, / y mi grito llegó a sus oídos. R.
SEGUNDA LECTURA.
SANTO EVANGELIO
Juan 10,31-42
Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos
En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. Él les replicó: "Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?" Los judíos le contestaron: "No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios." Jesús les replicó: "¿No está escrito en vuestra ley: "Yo os digo: Sois dioses"? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre."
Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: "Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad." Y muchos creyeron en él allí.
Palabra del Señolr.
LITURGIA DE LA PALABRA
Jr 20,10-13: El Señor está conmigo, como fuerte soldado
Salmo 17: En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.
Jn 10,31-42: Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos
La tensión que se va dando entre Jesús y sus adversarios está en que cada vez se va haciendo más patente el antiproyecto de los “judíos” a la luz del auténtico proyecto del Padre explicitado en cada signo y en cada palabra de Jesús; las obras de Jesús son absolutamente contrarias a las obras de sus adversarios y, aunque les muestra cómo pueden enderezarse esas malas acciones, ellos prefieren “tomar piedras para apedrearlo”.
“Sólo he hecho obras buenas, ¿por cuál de ellas quieren apedrearme”? Es obvio que no hay motivo de juicio si de las obras se trata; el motivo según ellos es la blasfemia: “no queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios”. Si Jesús proclamara sin más que es el hijo de Dios, podrían juzgarlo como loco, aspaventoso, y no sería el primero; pero aquí el caso es que al proclamarse como hijo de Dios, lo hace a través de sus obras, y aún así, los judíos no le creen, continúan empecinados en rechazarlo sencillamente porque sus signos y palabras no coinciden para nada con los moldes prefijados por ellos mismos para el Mesías venidero.
PRIMERA LECTURA.
Jeremías 20,10-13
El Señor está conmigo, como fuerte soldado
Oía el cuchicheo de la gente: "Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo." Mis amigos acechaban mi traspié: "A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él."
Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos, porque a ti encomendé mi causa. Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.
Palabra de Dios.
Salmo responsorial: 17
R/.En el peligro invoqué al Señor, y me escuchó.
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; / Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, / mi fuerza salvadora, mi baluarte. / Invoco al Señor de mi alabanza / y quedo libre de mis enemigos. R.
Me cercaban olas mortales, / torrentes destructores me aterraban, / me envolvían las redes del abismo, / me alcanzaban los lazos de la muerte. R.
En el peligro invoqué al Señor, / grité a mi Dios: / desde su templo él escuchó mi voz, / y mi grito llegó a sus oídos. R.
SEGUNDA LECTURA.
SANTO EVANGELIO
Juan 10,31-42
Intentaron detenerlo, pero se les escabulló de las manos
En aquel tiempo, los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús. Él les replicó: "Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?" Los judíos le contestaron: "No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios." Jesús les replicó: "¿No está escrito en vuestra ley: "Yo os digo: Sois dioses"? Si la Escritura llama dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y no puede fallar la Escritura), a quien el Padre consagró y envió al mundo, ¿decís vosotros que blasfema porque dice que es hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre."
Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde antes había bautizado Juan, y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían: "Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de éste era verdad." Y muchos creyeron en él allí.
Palabra del Señolr.
Comentario de la Primera lectura: Jeremías 20,10-13
La acción profética de Jeremías ya no puede consistir en llamar al pueblo a la conversión. A lo largo de muchos años no se ha escuchado su voz. Ahora, por mandato de Dios, debe anunciar que el juicio divino es irrevocable. El castigo está a punto de caer sobre Israel: Jerusalén será entregada en manos del rey de Babilonia. En esta circunstancia, la más penosa de su dolorosa experiencia de profeta, derrama su última “confesión” (v 7-18), fragmento sumamente autobiográfico, aunque paradigmático del destino de todo verdadero creyente. En unos pocos y conmovedores versículos, se evoca el momento de la vocación (vv. 7-9). No se omiten los momentos desoladores y de rebelión: persecuciones, calumnias, traiciones, constituyen el tejido de su vida (v. 10). Pero, como Job, también Jeremías sale victorioso de la prueba: tras el desahogo, brota un acto puro de fe en Dios (vv. 11-13). Es significativa la solemne declaración inicial: “El Señor está conmigo como un héroe poderoso “. Nos remite directamente a las palabras que Dios mismo dirigió al profeta en el momento de su vocación: “Yo estoy contigo para salvarte” (Jr 1,19).
A lo largo de su arduo camino, aquellas palabras fueron lámpara para sus pasos. En adelante el profeta no experimentará más resistencias ni rebeliones. Su vida estará erizada de dificultades, pero se entrega totalmente al Señor, con la seguridad de que es él quien salva al pobre perseguido.
Comentario del Salmo 17
Es un salmo real o regio, pues su tema central es la persona del rey, máxima autoridad en Israel en tiempos de la monarquía (que tiene su comienzo en torno al 1030 a.C., con Saúl). Aunque no se hable del rey hasta el final (51), hay que leer todo el salmo desde esta perspectiva: sólo cobra sentido con esta clave de lectura. Los salmos reales, como ya hemos visto, están cargados de ideología monárquica, esto es, tratan de defender la persona del rey. Pero sabemos que, en el Antiguo Testamento, mucha gente —sobre todo, y en general, los profetas— estaba en contra de la monarquía, pues representaba la concentración de todo (decisiones, leyes, bienes) en las manos de muy pocas personas o incluso en las de una sola, el rey.
Por tratarse de un salmo excepcionalmente largo, resulta difícil ofrecer una visión detallada de cómo está organizado. A grandes rasgos, podemos distinguir en él cuatro partes: 2-4; 5-28; 29- 46; 47-51. La primera es la introducción, El salmista confiesa amar al Señor, pues le escuchó cuando le invocaba. Dios recibe los nombres de «roca», «alcázar», «libertador», «peña», «refugio», «escudo», «fuerza salvadora» y «baluarte». Son términos que sugieren protección, defensa, liberación. La mayoría de ellos están tomados de la vida militar. La segunda parte (5-28) consiste en una larga acción de gracias que muestra cómo el Señor se ha convertido en «roca», «fortaleza», etc., para la persona del rey. El salmo describe una situación de peligro (5-6): «olas mortales», «torrentes destructores», «lazos de muerte», «trampas mortales», la circunstancia a que ha tenido que hacer frente el rey. Todo ello suscitó el clamor dirigido al Señor (7), que responde derrotando a los enemigos del rey (8-28). La tercera parte (29-46) es un himno de alabanza motivado por la intervención del Señor en favor del rey. Es un canto de victoria, pues Dios se ha convertido en lámpara que ilumina la vida y el camino del rey (29), concediéndole la victoria. Con su ayuda, el rey reduce a los enemigos del pueblo de Dios a polvo que se lleva el viento, aplastándolos corno se aplasta el barro del camino (43). Es la derrota total de los enemigos. La última parte (47-51) es la conclusión del salmo. Aquí se hace mención de la persona del rey, al que también se llama «ungido» (51), poniendo de relieve que Dios es fiel a David y a sus descendientes que ocupan el trono de Judá.
A pesar de que se diga que es de David y que incluso se mencione una circunstancia que habría propiciado la composición de esta oración, este salmo no es de David. De hecho, su autor afirma que, desde el templo, Dios respondió a las peticiones del rey (7b). Ahora bien, en tiempos de David, todavía no existía el templo. Además, al final se dice que «el Señor tiene misericordia de su ungido, de David y de su descendencia por siempre» (51). La mención de los descendientes del rey David conduce a la misma conclusión: este salmo surgió algún tiempo después del reinado de David, cuando uno de sus descendientes, que ocupaba el trono de Judá, se sintió gravemente amenazado por las naciones enemigas. Así pues, el rey de Judá se encontraba ante un conflicto entre naciones, amenazado por «olas mortales» (5). Pidió auxilio al Señor y este no tardó en responder, derrotando, por medio del rey, a los pueblos enemigos. Para referirse a estos, el salmo emplea las siguientes expresiones: «enemigo poderoso», «adversarios más fuertes» (18), «perverso» (27), «ojos altaneros» (28), «enemigos» (38.41), «agresores» (40), «adversarios» (41), «naciones» (44), «extranjeros» (45.46), «pueblos» (48), «enemigos furiosos», «agresores», «hombre cruel» (49).
Entonces, ¿fue algún rey de Judá quien compuso este salmo? Probablemente no. Los salmos reales fueron escritos por personas de la corte, relacionadas con la monarquía y sus defensores.
Los salmos reales tratan de presentar al Señor como aliado del rey, como si la monarquía fuera un elemento esencial de los proyectos de Dios. Al leer este salmo desde esta perspectiva, descubrimos que Dios es el aliado y defensor de su pueblo al conducir al rey a la victoria contra las agresiones de otros pueblos. De hecho, esta era una de las tareas más importantes en la vida de los reyes en tiempos de la monarquía: ir a la guerra para defender al pueblo contra las naciones que amenazaran la soberanía de Israel. Raramente consiguieron alcanzar este objetivo los reyes de Israel y de Judá, convirtiéndose así en los principales responsables de la pérdida de libertad en tiempos del exilio en Babilonia. En contra de esta visión crítica, característica de muchos de los profetas, surgieron los salmos reales, fuertemente teñidos por la ideología defensora de la monarquía. Para estos salmos —pero no sólo para ellos—, el lugar propio de Dios es el templo. Ahí es donde debe quedarse, sin salir para nada. Pero también hay una tradición en el Antiguo Testamento que considera el templo como una especie de lugar de confinamiento divino y como un intento de controlarlo.
Después del exilio en Babilonia, se siguieron rezando estos salmos, alimentando una nueva esperanza en el pueblo: ¿Cuándo surgirá ese Mesías victorioso, aliado del Señor?
El Nuevo Testamento afirma que Jesús es el Mesías y que en él quedó sellada para siempre la Alianza entre Dios y la humanidad. Pero Jesús no se presentó como un guerrero victorioso que despedaza a los pueblos y las naciones, reduciéndolos a polvo y aplastándolos como el barro del camino. Todo lo contrario. Al anunciar la proximidad del Reino (véase Mc 1,15), afirmó que su Reino no es de este mundo (Jn 18,36). Esto no quiere decir que el Reino sea algo previsto para los siglos futuros ni que, para entrar en él, tengamos que salir de este mundo y emigrar a otro planeta. Jesús quiere decir simplemente que su Reino no se construye desde los criterios y las relaciones desiguales de este mundo cruel en que vivimos. El Reino es para este inundo, pero sus propuestas son totalmente diferentes de las de los poderosos que dominan y someten a esclavitud.
Dicho de otro modo, Jesús no entiende ni ejerce el poder al estilo de los poderosos de este mundo. Los poderosos, para mantenerse en el poder, matan (esto es lo que Pilato y los líderes político-religiosos de aquella época hicieron con Jesús). Para él, sin embargo, el poder se expresa en el servicio que da la vida.
Este es un salmo que despierta en nosotros la conciencia política y ciudadana. Se presta para aquellas ocasiones en las que necesitamos revisar nuestra postura en relación con el poder, con las autoridades, etc. Leído a la luz de la actividad de Jesús, ayuda a esclarecer la cuestión de los derechos de los pueblos. Nos ayuda contra la tentación de defender el dominio de un pueblo frente a otro.
Comentario del Santo Evangelio: Juan 10,31-42
Estamos en el contexto de la fiesta de la Dedicación, en la que se celebra la santidad del templo, es decir, la vuelta al edificio sacro de la gloria de Dios, alejada por la profanación.
Jesús “se pasea” libremente por el templo bajo el pórtico de Salomón, cuando es rodeado por los judíos: el choque se hace cada vez más tenso, hasta el punto de que éstos intentaban lapidarle. Muchas veces, en el pasado, los judíos habían tratado de arrestarle por las “obras” que hacía (curaciones en sábado...), pero ahora aparece un único motivo de condena: la blasfemia, al hacerse él, que es un hombre, igual a Dios (v. 33). Esta será la acusación alegada ante Pilato.
Jesús responde puntualmente, en primer lugar poniéndose en un terreno común con sus acusadores (la Palabra de Dios que no puede ser desmentida), luego apelando a su misma experiencia (las obras que ha llevado a cabo). Es la última tentativa de despertar sus corazones a la fe. Y por eso resulta tan significativa la urgente insistencia de observar las obras que son “palabras”.
Si por ninguna de las obras es Jesús digno de condena, ¿por qué no creer en la verdad de cuanto dice? Pero también esta dolorida y vehemente llamada es desatendida. Se da una incomunicación total. Jesús se va “de nuevo” al otro lado del Jordán, fuera de la ciudad santa, donde Juan había dado testimonio de la verdad, y aquí, donde también surgieron los primeros discípulos, muchos comenzaron a creer. En la experiencia del mayor rechazo, un germen de fe anticipa la gracia del acontecimiento pascual.
El cuarto evangelio presenta siempre situaciones en las que se dividen los ánimos: se ofrece bastante luz para poder creer, pero también la suficiente oscuridad para justificar el rechazo de adhesión a Cristo. También el fragmento que hemos leído hoy concluye afirmando que “muchos creyeron en él”, pero no todos. Algunos se dejan convencer, mientras que otros se atrincheran en su postura. Estos últimos actúan de buena fe, porque desean “defender a su” Dios. Durante la última cena Jesús dirá a sus discípulos: “Llegará la hora en la que os quiten la vida pensando que dan culto a Dios” (Jn 16,2).
¿Acaso estas tendencias extremas, diversas y contradictorias referentes a la fe no se encuentran, aunque sea en grado menor, en nuestro corazón? Nuestra fe pasa con frecuencia por altibajos. Es como si la muchedumbre de la que habla Juan estuviera dentro de nosotros. Jesús con su ejemplo nos enseña cómo superar oscilaciones tan peligrosas dictadas por el sentimiento o por el estado de ánimo, o el escepticismo sutil que se respira en la mentalidad de nuestros días. La fe cristiana, para que arraigue en lo hondo de nuestro ser y permanezca firme, a pesar de los temporales de superficie, precisa fundarse sólidamente en la Sagrada Escritura, que llega en el Nuevo Testamento a su cumplimiento y plenitud. Frecuentar asiduamente la Palabra de Dios es fortalecer nuestra fe en esta Palabra que tiene rostro: el del Hijo igual al Padre.
Comentario del Santo Evangelio: Jn 10, 31-42, para nuestros Mayores. Intento de lapidación.
El raciocinio de Jesús (ver los comentarios a las secciones anteriores de este capítulo) había llegado a una conclusión inevitable: la unidad del Padre y del Hijo. ¿Para qué preguntarte si era el Mesías? Era el Mesías y mucho más de lo que esta palabra evocaba a oídos judíos. Esta pretensión de Jesús provocó otra vez la reacción de sus enemigos, los representantes oficiales de la ortodoxia religiosa, para quitarlo de en medio. Matar al enviado de Dios y justificar el crimen desde las exigencias que Dios les imponía en la Ley. Así ocurrió aquella vez y ocurrió muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia.
Los intentos de apedrear a Jesús nacieron siempre como consecuencia de su pretensión de ser el Hijo, de afirmar la unidad con el Padre. La actitud de rechazo por parte de los «suyos», que había sido ya anticipada en el prólogo (ver el comentario a 1, 1-18), se convierte aquí en actitud de hostilidad abierta. Hostilidad justificada desde la obligación de velar por la ortodoxia de la doctrina. Jesús afirma que es el Hijo de Dios; sus obras así lo demuestran. Pero para los «judíos» esta afirmación era blasfema.
El mundo de la relación con Dios está lleno de paradojas. Lo que para unos es luz, se convierte para otros en oscuridad. Depende, en gran parte al menos, del cristal con que se mire. Los creyentes ven en Jesús al enviado del Padre, al Revelador que ha venido para traer la luz y la vida a los hombres; su muerte fue un grave error humano, justificado desde el designio de Dios que había entregado a su Hijo a la muerte para que de ella surgiera la vida para el hombre. Los incrédulos lo consideran como blasfemo por sus pretensiones de situarse al nivel en que únicamente Dios se encuentra.
La réplica de Jesús en esta ocasión se apoya en un argumento a fortiori. Parte de la cita del Sal 82, 6. En el Salmo citado los dirigentes y jueces de Israel son llamados dioses: «Yo dije: sois dioses, todos vosotros sois hijos del Altísimo». Apoyándose en esta cita, el argumento de Jesús es a fortiori: Si aquéllos que recibieron la Ley, la Palabra de Dios, y fueron encargados por Dios de interpretarla y aplicarla son llamados dioses, ¡con cuánta mayor razón puede ser llamado Hijo de Dios aquél que es el único agente de Dios, su único Enviado, el que es la Palabra de Dios!
Dicho de otro modo: si, según la Escritura santa, la divinidad puede atribuirse de alguna manera y en algún sentido a los que recibieron la Palabra de Dios, ¡cuánto más podrá atribuirse a quien es la Palabra de Dios! Teniendo en cuenta, además, que aquellos hombres eran indignos de recibir tanto honor y la confianza que en ellos fue depositada, como lo demostró su actuación en la historia de su pueblo. Como contrapunto deben destacarse la actitud y obras de Jesús. Sus obras demuestran que es el Hijo de Dios, el agente de Dios en el mundo, el camino que lleva a la fe y al verdadero conocimiento de Dios.
Comentario del Santo Evangelio: Jn 10,31-42, de Joven para Joven. Jesús se declara Hijo de Dios.
Afirma un dicho árabe: “Si vas a decir la verdad, ten preparado un caballo para huir”. Es un aviso para los profetas de todos los tiempos. El pueblo y, sobre todo, sus dirigentes sólo quieren oír verdades tranquilizadoras. Pero todos nos vemos en situaciones en que hay que decir verdades más bien inquietadoras.
Jeremías ha denunciado la violencia y ha anunciado la destrucción del templo; por eso todos se burlan de él. La chusma lo hace remedándole; lo que él tantas veces se ha visto obligado a predecir (“pavor en torno”) se lo devuelven ahora como mote hiriente. Hasta sus familiares y convecinos han intentado matarlo porque les resulta incómodo; sus “amigos” le han traicionado. El profeta está dramáticamente solo por no haber querido traicionar su misión alineándose con los profetas oficiales que pronuncian oráculos halagadores al rey, a la clase dirigente y al mismo pueblo. Pero así brilla más su confianza absoluta en Dios a quien ha confiado su causa: “El Señor está conmigo”.
La historia, con versiones distintas, se repite en todos los profetas, y de un modo más furibundo en el rabí de Nazaret. “Los judíos agarraron piedras para apedrearlo” (Jn 10,31). Jesús replica irónicamente: “Por encargo del Padre he hecho muchas cosas buenas en vuestra presencia, ¿por cuál de ellas vais a apedrearme?”. Le responden: “No te apedreamos por nada bueno, sino por tu blasfemia, porque te haces Dios”. Jesús los rebate diciendo que la Escritura llama “dioses” a todos los hijos de Dios (Sal 82,6). Admiten que ha hecho cosas buenas pero, como siempre, cuando la vida del profeta es intachable, el pretexto es la heterodoxia. Éste es el camelo que se ha usado siempre para justificar el acoso: “No es seguro en materia de fe; sus expresiones teológicas no son del todo exactas; hay mucha ambigüedad en su doctrina y su praxis pastoral es perturbadora”. Pero la verdadera razón es que constituye un remordimiento de conciencia que hay que acallar.
Recuerdo que en un pueblo los mozos rompieron las farolas del paseo a donde concurrían para amartelarse con sus novias. La luz les dejaba en evidencia. La luz del profeta también molesta y su sal escuece en la herida. Dar testimonio y proclamar una verdad molesta no se puede hacer impunemente. A pesar de todo, hay que hacerlo, cueste lo que cueste. En esto consiste la grandeza del testigo. Por otra parte, como destinatarios del testimonio de otros, hemos de revisar si hay en nuestro inconsciente sutiles mecanismos de defensa contra la verdad inquietadora.
González Faus, con delicada ironía hacia tanta cobardía disfrazada de prudencia, le dice a Jesús crucificado: “Sólo te reprochamos una cosa: que no hicieras caso a los ancianos (Mt 15,2). Ellos sabían mejor que tú que la madurez no consiste en decir “no” ante las cosas, sino en justificarlas. Ellos ya sintieron tener que promover tu condena. Pero ahora que ya han pasado aquellas horas negras y el tiempo ha podido suavizar muchas asperezas, reconoce que tu actitud facilitaba bien poco las cosas. Si hubieses sido más prudente, como te aconsejaba tu familia, habrías podido evitar el desenlace y habrías tenido más tiempo para seguir predicando al pueblo aquellas cosas tan bonitas que predicabas (porque nosotros también sabemos apreciarlas, ¿ves?). Habrías podido hacer más bien. Compréndelo: en la vida es necesario un poco de flexibilidad. Hay que pactar, renunciar a lo ideal para salvar lo posible. Tú, en cambio, en buen lío te metiste”.
“¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?” (Jn 8,46), reta Jesús a sus enemigos. Es lo mismo. Ellos no quieren renunciar a su vida egocéntrica y cualquier argumento, por rotundo que sea, resultará inútil. Aquí el pretexto es la heterodoxia, castigada con la lapidación. “Aunque no me creáis a mí, creed a mis obras”, les advierte Jesús para hacerles entrar en razón. Pero todo resulta enteramente inútil.
¿Cómo nos vamos a extrañar de que, a pesar de dar un testimonio limpio, nos malinterpreten y acosen? Lo extraño sería lo contrario. Más limpio fue el de Jesús y, sin embargo, encontraron subterfugios para rechazarlo. Está claro: ningún profeta verdadero muere tranquilamente en la cama... No se puede ser profeta impunemente.
Juan pone de manifiesto las dos actitudes opuestas, adoptadas por los distintos oyentes ante el testimonio de Jesús: Por una parte, fariseos enemigos “intentaron de nuevo detenerlo”, “cogieron piedras para apedrearlo”; y, por otra, “muchos (sin duda gente sencilla) creyeron en él allí”. Resulta aleccionador que el mismo testimonio produzca reacciones tan opuestas. Todo depende de la docilidad interior, de la apertura a la verdad. La cerrazón obstinada a la Verdad (con mayúscula), que es Jesús, nos invita a revisar nuestras propias actitudes ante ella.
Es difícil no tener algo de escribas y fariseos hipócritas, no tener resistencias ante la verdad que nos escuece, incomoda y desinstala, ante los profetas valientes que nos interpelan con su vida y su palabra. Es indiscutible que la historia de la incomprensión, de la persecución y del acoso a los verdaderos profetas se repite hoy como ayer y, desgraciadamente, se seguirá repitiendo con mayor o menor obstinación a lo largo de la historia. ¿No andan, acaso, por esos mundos de Dios muchos profetas intachables, pobres al servicio de los pobres, voz de los sin voz, en torno a los cuales se tejen sospechas, se les acusa y se les acosa? ¿No ha sido Mons. Romero un ejemplo bien reciente, vituperado en vida y exaltado después de su muerte, cuando ya no resulta “peligroso”?
Es preciso no dejar pasar desapercibido el final del incidente: “Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos”. Jesús no muere atrapado incautamente. Es él quien, con su integridad profética, se busca la muerte con entera consciencia. Lo que nos tienta con frecuencia es taparnos los oídos y cerrar la boca, pero Jesús proclama: Sólo “la verdad os hace libres” (Jn 8,32) y, por tanto, felices.
Elevación Espiritual para este día.
Agradecemos al Único que realizó con su vida lo que estaba escrito de él en la Sagrada Escritura que lo que no podíamos comprender con la simple escucha, se aclarase viéndolo. El, como se lee en el libro del Apocalipsis, abrió el libro sellado que nadie podía abrir ni leer, revelándonos con su pasión y resurrección todos los misterios en él contenidos. Y, asumiendo los males de nuestra debilidad, nos mostró los bienes de su poder y de su gloria. Pues se hizo carne para hacernos espirituales, en su bondad se humilló para ensalzarnos, salió para que pudiésemos entrar, apareció visible para mostrarnos las cosas invisibles, padeció azotes para curarnos, soportó los ultrajes y burlas para librarnos de la vergüenza eterna, murió para darnos la vida. El, que en su naturaleza permanece incomprensible, en nuestra naturaleza se dejó prender y flagelar, porque si no hubiese asumido lo propio de nuestra debilidad, no hubiese podido elevarnos con el poder de su fuerza.
Por consiguiente, para realizar su misión, ha llevado a cabo una obra extraordinaria. Para ejecutar su plan ha hecho algo insólito, porque siendo Dios se ha encarnado para elevarnos hasta su justicia. Por nosotros se ha dignado soportar los azotes como hombre pecador. Hizo, pues, algo inaudito, ajeno a su ser, para ejecutar su obra: porque sufriendo soportó nuestros males, llevándonos a nosotros, sus criaturas, a la gloria de su potencia.
Reflexión Espiritual para el día.
Soportar los ultrajes, ser objeto de burla a causa de la fe, es una señal de los creyentes, a lo largo del tiempo. Hace mal al cuerpo y al alma cuando no pasa un día sin que el nombre de Dios sea expuesto a la duda o la blasfemia.
¿Dónde está tu Dios? Yo lo confieso ante el mundo y ante todos sus enemigos cuando desde el abismo de mi miseria creo en su bondad, cuando desde la culpa creo en su perdón, desde la muerte en la vida, desde la derrota en su victoria, desde el abandono en su presencia llena de gracia. Quien ha encontrado a Dios en la cruz de Jesucristo sabe cómo Dios se esconde de modo sorprendente en este mundo, sabe cómo está presente al máximo precisamente donde pensábamos que estaba sumamente lejano. Quien ha encontrado a Dios en la cruz perdona también a todos sus enemigos, porque Dios le ha perdonado.
Oh Dios, no me abandones cuando tenga que padecer ultrajes; perdona a todos los ateos, porque me has perdonado a mí, y lleva a todos a ti, por la cruz de tu hijo amado. ¡Abandona cualquier preocupación y espera! Dios sabe el momento de ayudarte y llegará sin duda, pues es Dios verdadero. El será la salvación de tu rostro, pues te conoce y te ha amado aun antes de crearle. No dejará que caigas. Estás en sus manos. Sólo podrás dar gracias por todo lo sucedido, porque habrás aprendido que Dios omnipotente es tu Dios. Tu salvación se llama Jesucristo.
Trinidad de Dios, te doy gracias por haberme elegido y amado. Te doy gracias por los caminos por los que me guías. Te doy gracias porque tú eres mi Dios.
El rostro de los personajes y pasajes de la Sagrada Biblia Jeremías 20, 10-13.Nueva crisis exterior: todos al acecho.
Jeremías, en esta última pincelada de sus confesiones, sigue reflejando la dolorosa situación de quien amontona a sus crisis interiores las amenazas exteriores, la persecución y el odio a muerte.
El contraste es sorprendente. En sus crisis interiores se revela contra el mismo Dios; le apostrofa con expresiones y gritos de protesta que ninguno de nosotros osaría repetir. Algo desconcertante para nuestra mentalidad cristiana. Cuando la crisis es exterior, aunque venga de sus íntimos, la postura de Jeremías toma un ritmo y orientación totalmente distintos. Se siente seguro en su interior, lo realmente importante para él, porque Yavé estará con él «como fuerte soldado»
Esta diferencia tan radical en Jeremías entre sus crisis interiores y exteriores, entre sus propias dudas y fracasos y las amenazas que le vienen de fuera ha despistado a más de un crítico que ha querido dislocar esta perícopa de la anterior. No hay lógica, se dice, entre la desesperación anterior y esta total confianza en Yavé. Como si el profeta, en un conflicto real de sentimientos, en un desahogo espontáneo y crujiente de su sicología maltrecha, tuviera que medir las palabras dentro de una lógica de Aristóteles.
Jeremías se sabe objeto de un nuevo complot. La gente que cuchichea por doquier buscando la ocasión para matarlo. Lo mismo acontecería siglos más tarde a Jesús de Nazaret. Los amigos, más prudentes y ladinos, esperar con sorna el momento de verlo caído para terminar de, aplastarlo. Es la situación casi continua de su vida. No se queja a Dios. Le basta recordar la promesa del día que lo llamó. Yavé es omnipotente y justo, conoce la más profunda intimidad personal, por ello espera confiado y seguro la derrota de todos sus enemigos. Es la creencia básica de la retribución terrena. Para ellos no existía más.
Terminará con una invitación litúrgica a todos cuantos quieran escucharlo a que alaben a Yavé, a que reconozcan su acción salvadora, que ya ve proféticamente realizada en él. Jeremías, testigo del dolor por el nombre y la palabra de Yavé, se ofrece, asimismo, como testigo anticipado de la salvación y glorificación que Yavé le ha de otorgar en esta vida, ya que su causa, su defensa, la justicia de su vida entera la ha puesto en manos de Él. Su confianza es total. Jamás Dios abandonará a quien en él se confía.
La acción profética de Jeremías ya no puede consistir en llamar al pueblo a la conversión. A lo largo de muchos años no se ha escuchado su voz. Ahora, por mandato de Dios, debe anunciar que el juicio divino es irrevocable. El castigo está a punto de caer sobre Israel: Jerusalén será entregada en manos del rey de Babilonia. En esta circunstancia, la más penosa de su dolorosa experiencia de profeta, derrama su última “confesión” (v 7-18), fragmento sumamente autobiográfico, aunque paradigmático del destino de todo verdadero creyente. En unos pocos y conmovedores versículos, se evoca el momento de la vocación (vv. 7-9). No se omiten los momentos desoladores y de rebelión: persecuciones, calumnias, traiciones, constituyen el tejido de su vida (v. 10). Pero, como Job, también Jeremías sale victorioso de la prueba: tras el desahogo, brota un acto puro de fe en Dios (vv. 11-13). Es significativa la solemne declaración inicial: “El Señor está conmigo como un héroe poderoso “. Nos remite directamente a las palabras que Dios mismo dirigió al profeta en el momento de su vocación: “Yo estoy contigo para salvarte” (Jr 1,19).
A lo largo de su arduo camino, aquellas palabras fueron lámpara para sus pasos. En adelante el profeta no experimentará más resistencias ni rebeliones. Su vida estará erizada de dificultades, pero se entrega totalmente al Señor, con la seguridad de que es él quien salva al pobre perseguido.
Comentario del Salmo 17
Es un salmo real o regio, pues su tema central es la persona del rey, máxima autoridad en Israel en tiempos de la monarquía (que tiene su comienzo en torno al 1030 a.C., con Saúl). Aunque no se hable del rey hasta el final (51), hay que leer todo el salmo desde esta perspectiva: sólo cobra sentido con esta clave de lectura. Los salmos reales, como ya hemos visto, están cargados de ideología monárquica, esto es, tratan de defender la persona del rey. Pero sabemos que, en el Antiguo Testamento, mucha gente —sobre todo, y en general, los profetas— estaba en contra de la monarquía, pues representaba la concentración de todo (decisiones, leyes, bienes) en las manos de muy pocas personas o incluso en las de una sola, el rey.
Por tratarse de un salmo excepcionalmente largo, resulta difícil ofrecer una visión detallada de cómo está organizado. A grandes rasgos, podemos distinguir en él cuatro partes: 2-4; 5-28; 29- 46; 47-51. La primera es la introducción, El salmista confiesa amar al Señor, pues le escuchó cuando le invocaba. Dios recibe los nombres de «roca», «alcázar», «libertador», «peña», «refugio», «escudo», «fuerza salvadora» y «baluarte». Son términos que sugieren protección, defensa, liberación. La mayoría de ellos están tomados de la vida militar. La segunda parte (5-28) consiste en una larga acción de gracias que muestra cómo el Señor se ha convertido en «roca», «fortaleza», etc., para la persona del rey. El salmo describe una situación de peligro (5-6): «olas mortales», «torrentes destructores», «lazos de muerte», «trampas mortales», la circunstancia a que ha tenido que hacer frente el rey. Todo ello suscitó el clamor dirigido al Señor (7), que responde derrotando a los enemigos del rey (8-28). La tercera parte (29-46) es un himno de alabanza motivado por la intervención del Señor en favor del rey. Es un canto de victoria, pues Dios se ha convertido en lámpara que ilumina la vida y el camino del rey (29), concediéndole la victoria. Con su ayuda, el rey reduce a los enemigos del pueblo de Dios a polvo que se lleva el viento, aplastándolos corno se aplasta el barro del camino (43). Es la derrota total de los enemigos. La última parte (47-51) es la conclusión del salmo. Aquí se hace mención de la persona del rey, al que también se llama «ungido» (51), poniendo de relieve que Dios es fiel a David y a sus descendientes que ocupan el trono de Judá.
A pesar de que se diga que es de David y que incluso se mencione una circunstancia que habría propiciado la composición de esta oración, este salmo no es de David. De hecho, su autor afirma que, desde el templo, Dios respondió a las peticiones del rey (7b). Ahora bien, en tiempos de David, todavía no existía el templo. Además, al final se dice que «el Señor tiene misericordia de su ungido, de David y de su descendencia por siempre» (51). La mención de los descendientes del rey David conduce a la misma conclusión: este salmo surgió algún tiempo después del reinado de David, cuando uno de sus descendientes, que ocupaba el trono de Judá, se sintió gravemente amenazado por las naciones enemigas. Así pues, el rey de Judá se encontraba ante un conflicto entre naciones, amenazado por «olas mortales» (5). Pidió auxilio al Señor y este no tardó en responder, derrotando, por medio del rey, a los pueblos enemigos. Para referirse a estos, el salmo emplea las siguientes expresiones: «enemigo poderoso», «adversarios más fuertes» (18), «perverso» (27), «ojos altaneros» (28), «enemigos» (38.41), «agresores» (40), «adversarios» (41), «naciones» (44), «extranjeros» (45.46), «pueblos» (48), «enemigos furiosos», «agresores», «hombre cruel» (49).
Entonces, ¿fue algún rey de Judá quien compuso este salmo? Probablemente no. Los salmos reales fueron escritos por personas de la corte, relacionadas con la monarquía y sus defensores.
Los salmos reales tratan de presentar al Señor como aliado del rey, como si la monarquía fuera un elemento esencial de los proyectos de Dios. Al leer este salmo desde esta perspectiva, descubrimos que Dios es el aliado y defensor de su pueblo al conducir al rey a la victoria contra las agresiones de otros pueblos. De hecho, esta era una de las tareas más importantes en la vida de los reyes en tiempos de la monarquía: ir a la guerra para defender al pueblo contra las naciones que amenazaran la soberanía de Israel. Raramente consiguieron alcanzar este objetivo los reyes de Israel y de Judá, convirtiéndose así en los principales responsables de la pérdida de libertad en tiempos del exilio en Babilonia. En contra de esta visión crítica, característica de muchos de los profetas, surgieron los salmos reales, fuertemente teñidos por la ideología defensora de la monarquía. Para estos salmos —pero no sólo para ellos—, el lugar propio de Dios es el templo. Ahí es donde debe quedarse, sin salir para nada. Pero también hay una tradición en el Antiguo Testamento que considera el templo como una especie de lugar de confinamiento divino y como un intento de controlarlo.
Después del exilio en Babilonia, se siguieron rezando estos salmos, alimentando una nueva esperanza en el pueblo: ¿Cuándo surgirá ese Mesías victorioso, aliado del Señor?
El Nuevo Testamento afirma que Jesús es el Mesías y que en él quedó sellada para siempre la Alianza entre Dios y la humanidad. Pero Jesús no se presentó como un guerrero victorioso que despedaza a los pueblos y las naciones, reduciéndolos a polvo y aplastándolos como el barro del camino. Todo lo contrario. Al anunciar la proximidad del Reino (véase Mc 1,15), afirmó que su Reino no es de este mundo (Jn 18,36). Esto no quiere decir que el Reino sea algo previsto para los siglos futuros ni que, para entrar en él, tengamos que salir de este mundo y emigrar a otro planeta. Jesús quiere decir simplemente que su Reino no se construye desde los criterios y las relaciones desiguales de este mundo cruel en que vivimos. El Reino es para este inundo, pero sus propuestas son totalmente diferentes de las de los poderosos que dominan y someten a esclavitud.
Dicho de otro modo, Jesús no entiende ni ejerce el poder al estilo de los poderosos de este mundo. Los poderosos, para mantenerse en el poder, matan (esto es lo que Pilato y los líderes político-religiosos de aquella época hicieron con Jesús). Para él, sin embargo, el poder se expresa en el servicio que da la vida.
Este es un salmo que despierta en nosotros la conciencia política y ciudadana. Se presta para aquellas ocasiones en las que necesitamos revisar nuestra postura en relación con el poder, con las autoridades, etc. Leído a la luz de la actividad de Jesús, ayuda a esclarecer la cuestión de los derechos de los pueblos. Nos ayuda contra la tentación de defender el dominio de un pueblo frente a otro.
Comentario del Santo Evangelio: Juan 10,31-42
Estamos en el contexto de la fiesta de la Dedicación, en la que se celebra la santidad del templo, es decir, la vuelta al edificio sacro de la gloria de Dios, alejada por la profanación.
Jesús “se pasea” libremente por el templo bajo el pórtico de Salomón, cuando es rodeado por los judíos: el choque se hace cada vez más tenso, hasta el punto de que éstos intentaban lapidarle. Muchas veces, en el pasado, los judíos habían tratado de arrestarle por las “obras” que hacía (curaciones en sábado...), pero ahora aparece un único motivo de condena: la blasfemia, al hacerse él, que es un hombre, igual a Dios (v. 33). Esta será la acusación alegada ante Pilato.
Jesús responde puntualmente, en primer lugar poniéndose en un terreno común con sus acusadores (la Palabra de Dios que no puede ser desmentida), luego apelando a su misma experiencia (las obras que ha llevado a cabo). Es la última tentativa de despertar sus corazones a la fe. Y por eso resulta tan significativa la urgente insistencia de observar las obras que son “palabras”.
Si por ninguna de las obras es Jesús digno de condena, ¿por qué no creer en la verdad de cuanto dice? Pero también esta dolorida y vehemente llamada es desatendida. Se da una incomunicación total. Jesús se va “de nuevo” al otro lado del Jordán, fuera de la ciudad santa, donde Juan había dado testimonio de la verdad, y aquí, donde también surgieron los primeros discípulos, muchos comenzaron a creer. En la experiencia del mayor rechazo, un germen de fe anticipa la gracia del acontecimiento pascual.
El cuarto evangelio presenta siempre situaciones en las que se dividen los ánimos: se ofrece bastante luz para poder creer, pero también la suficiente oscuridad para justificar el rechazo de adhesión a Cristo. También el fragmento que hemos leído hoy concluye afirmando que “muchos creyeron en él”, pero no todos. Algunos se dejan convencer, mientras que otros se atrincheran en su postura. Estos últimos actúan de buena fe, porque desean “defender a su” Dios. Durante la última cena Jesús dirá a sus discípulos: “Llegará la hora en la que os quiten la vida pensando que dan culto a Dios” (Jn 16,2).
¿Acaso estas tendencias extremas, diversas y contradictorias referentes a la fe no se encuentran, aunque sea en grado menor, en nuestro corazón? Nuestra fe pasa con frecuencia por altibajos. Es como si la muchedumbre de la que habla Juan estuviera dentro de nosotros. Jesús con su ejemplo nos enseña cómo superar oscilaciones tan peligrosas dictadas por el sentimiento o por el estado de ánimo, o el escepticismo sutil que se respira en la mentalidad de nuestros días. La fe cristiana, para que arraigue en lo hondo de nuestro ser y permanezca firme, a pesar de los temporales de superficie, precisa fundarse sólidamente en la Sagrada Escritura, que llega en el Nuevo Testamento a su cumplimiento y plenitud. Frecuentar asiduamente la Palabra de Dios es fortalecer nuestra fe en esta Palabra que tiene rostro: el del Hijo igual al Padre.
Comentario del Santo Evangelio: Jn 10, 31-42, para nuestros Mayores. Intento de lapidación.
El raciocinio de Jesús (ver los comentarios a las secciones anteriores de este capítulo) había llegado a una conclusión inevitable: la unidad del Padre y del Hijo. ¿Para qué preguntarte si era el Mesías? Era el Mesías y mucho más de lo que esta palabra evocaba a oídos judíos. Esta pretensión de Jesús provocó otra vez la reacción de sus enemigos, los representantes oficiales de la ortodoxia religiosa, para quitarlo de en medio. Matar al enviado de Dios y justificar el crimen desde las exigencias que Dios les imponía en la Ley. Así ocurrió aquella vez y ocurrió muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia.
Los intentos de apedrear a Jesús nacieron siempre como consecuencia de su pretensión de ser el Hijo, de afirmar la unidad con el Padre. La actitud de rechazo por parte de los «suyos», que había sido ya anticipada en el prólogo (ver el comentario a 1, 1-18), se convierte aquí en actitud de hostilidad abierta. Hostilidad justificada desde la obligación de velar por la ortodoxia de la doctrina. Jesús afirma que es el Hijo de Dios; sus obras así lo demuestran. Pero para los «judíos» esta afirmación era blasfema.
El mundo de la relación con Dios está lleno de paradojas. Lo que para unos es luz, se convierte para otros en oscuridad. Depende, en gran parte al menos, del cristal con que se mire. Los creyentes ven en Jesús al enviado del Padre, al Revelador que ha venido para traer la luz y la vida a los hombres; su muerte fue un grave error humano, justificado desde el designio de Dios que había entregado a su Hijo a la muerte para que de ella surgiera la vida para el hombre. Los incrédulos lo consideran como blasfemo por sus pretensiones de situarse al nivel en que únicamente Dios se encuentra.
La réplica de Jesús en esta ocasión se apoya en un argumento a fortiori. Parte de la cita del Sal 82, 6. En el Salmo citado los dirigentes y jueces de Israel son llamados dioses: «Yo dije: sois dioses, todos vosotros sois hijos del Altísimo». Apoyándose en esta cita, el argumento de Jesús es a fortiori: Si aquéllos que recibieron la Ley, la Palabra de Dios, y fueron encargados por Dios de interpretarla y aplicarla son llamados dioses, ¡con cuánta mayor razón puede ser llamado Hijo de Dios aquél que es el único agente de Dios, su único Enviado, el que es la Palabra de Dios!
Dicho de otro modo: si, según la Escritura santa, la divinidad puede atribuirse de alguna manera y en algún sentido a los que recibieron la Palabra de Dios, ¡cuánto más podrá atribuirse a quien es la Palabra de Dios! Teniendo en cuenta, además, que aquellos hombres eran indignos de recibir tanto honor y la confianza que en ellos fue depositada, como lo demostró su actuación en la historia de su pueblo. Como contrapunto deben destacarse la actitud y obras de Jesús. Sus obras demuestran que es el Hijo de Dios, el agente de Dios en el mundo, el camino que lleva a la fe y al verdadero conocimiento de Dios.
Comentario del Santo Evangelio: Jn 10,31-42, de Joven para Joven. Jesús se declara Hijo de Dios.
Afirma un dicho árabe: “Si vas a decir la verdad, ten preparado un caballo para huir”. Es un aviso para los profetas de todos los tiempos. El pueblo y, sobre todo, sus dirigentes sólo quieren oír verdades tranquilizadoras. Pero todos nos vemos en situaciones en que hay que decir verdades más bien inquietadoras.
Jeremías ha denunciado la violencia y ha anunciado la destrucción del templo; por eso todos se burlan de él. La chusma lo hace remedándole; lo que él tantas veces se ha visto obligado a predecir (“pavor en torno”) se lo devuelven ahora como mote hiriente. Hasta sus familiares y convecinos han intentado matarlo porque les resulta incómodo; sus “amigos” le han traicionado. El profeta está dramáticamente solo por no haber querido traicionar su misión alineándose con los profetas oficiales que pronuncian oráculos halagadores al rey, a la clase dirigente y al mismo pueblo. Pero así brilla más su confianza absoluta en Dios a quien ha confiado su causa: “El Señor está conmigo”.
La historia, con versiones distintas, se repite en todos los profetas, y de un modo más furibundo en el rabí de Nazaret. “Los judíos agarraron piedras para apedrearlo” (Jn 10,31). Jesús replica irónicamente: “Por encargo del Padre he hecho muchas cosas buenas en vuestra presencia, ¿por cuál de ellas vais a apedrearme?”. Le responden: “No te apedreamos por nada bueno, sino por tu blasfemia, porque te haces Dios”. Jesús los rebate diciendo que la Escritura llama “dioses” a todos los hijos de Dios (Sal 82,6). Admiten que ha hecho cosas buenas pero, como siempre, cuando la vida del profeta es intachable, el pretexto es la heterodoxia. Éste es el camelo que se ha usado siempre para justificar el acoso: “No es seguro en materia de fe; sus expresiones teológicas no son del todo exactas; hay mucha ambigüedad en su doctrina y su praxis pastoral es perturbadora”. Pero la verdadera razón es que constituye un remordimiento de conciencia que hay que acallar.
Recuerdo que en un pueblo los mozos rompieron las farolas del paseo a donde concurrían para amartelarse con sus novias. La luz les dejaba en evidencia. La luz del profeta también molesta y su sal escuece en la herida. Dar testimonio y proclamar una verdad molesta no se puede hacer impunemente. A pesar de todo, hay que hacerlo, cueste lo que cueste. En esto consiste la grandeza del testigo. Por otra parte, como destinatarios del testimonio de otros, hemos de revisar si hay en nuestro inconsciente sutiles mecanismos de defensa contra la verdad inquietadora.
González Faus, con delicada ironía hacia tanta cobardía disfrazada de prudencia, le dice a Jesús crucificado: “Sólo te reprochamos una cosa: que no hicieras caso a los ancianos (Mt 15,2). Ellos sabían mejor que tú que la madurez no consiste en decir “no” ante las cosas, sino en justificarlas. Ellos ya sintieron tener que promover tu condena. Pero ahora que ya han pasado aquellas horas negras y el tiempo ha podido suavizar muchas asperezas, reconoce que tu actitud facilitaba bien poco las cosas. Si hubieses sido más prudente, como te aconsejaba tu familia, habrías podido evitar el desenlace y habrías tenido más tiempo para seguir predicando al pueblo aquellas cosas tan bonitas que predicabas (porque nosotros también sabemos apreciarlas, ¿ves?). Habrías podido hacer más bien. Compréndelo: en la vida es necesario un poco de flexibilidad. Hay que pactar, renunciar a lo ideal para salvar lo posible. Tú, en cambio, en buen lío te metiste”.
“¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?” (Jn 8,46), reta Jesús a sus enemigos. Es lo mismo. Ellos no quieren renunciar a su vida egocéntrica y cualquier argumento, por rotundo que sea, resultará inútil. Aquí el pretexto es la heterodoxia, castigada con la lapidación. “Aunque no me creáis a mí, creed a mis obras”, les advierte Jesús para hacerles entrar en razón. Pero todo resulta enteramente inútil.
¿Cómo nos vamos a extrañar de que, a pesar de dar un testimonio limpio, nos malinterpreten y acosen? Lo extraño sería lo contrario. Más limpio fue el de Jesús y, sin embargo, encontraron subterfugios para rechazarlo. Está claro: ningún profeta verdadero muere tranquilamente en la cama... No se puede ser profeta impunemente.
Juan pone de manifiesto las dos actitudes opuestas, adoptadas por los distintos oyentes ante el testimonio de Jesús: Por una parte, fariseos enemigos “intentaron de nuevo detenerlo”, “cogieron piedras para apedrearlo”; y, por otra, “muchos (sin duda gente sencilla) creyeron en él allí”. Resulta aleccionador que el mismo testimonio produzca reacciones tan opuestas. Todo depende de la docilidad interior, de la apertura a la verdad. La cerrazón obstinada a la Verdad (con mayúscula), que es Jesús, nos invita a revisar nuestras propias actitudes ante ella.
Es difícil no tener algo de escribas y fariseos hipócritas, no tener resistencias ante la verdad que nos escuece, incomoda y desinstala, ante los profetas valientes que nos interpelan con su vida y su palabra. Es indiscutible que la historia de la incomprensión, de la persecución y del acoso a los verdaderos profetas se repite hoy como ayer y, desgraciadamente, se seguirá repitiendo con mayor o menor obstinación a lo largo de la historia. ¿No andan, acaso, por esos mundos de Dios muchos profetas intachables, pobres al servicio de los pobres, voz de los sin voz, en torno a los cuales se tejen sospechas, se les acusa y se les acosa? ¿No ha sido Mons. Romero un ejemplo bien reciente, vituperado en vida y exaltado después de su muerte, cuando ya no resulta “peligroso”?
Es preciso no dejar pasar desapercibido el final del incidente: “Intentaron de nuevo detenerlo, pero se les escabulló de las manos”. Jesús no muere atrapado incautamente. Es él quien, con su integridad profética, se busca la muerte con entera consciencia. Lo que nos tienta con frecuencia es taparnos los oídos y cerrar la boca, pero Jesús proclama: Sólo “la verdad os hace libres” (Jn 8,32) y, por tanto, felices.
Elevación Espiritual para este día.
Agradecemos al Único que realizó con su vida lo que estaba escrito de él en la Sagrada Escritura que lo que no podíamos comprender con la simple escucha, se aclarase viéndolo. El, como se lee en el libro del Apocalipsis, abrió el libro sellado que nadie podía abrir ni leer, revelándonos con su pasión y resurrección todos los misterios en él contenidos. Y, asumiendo los males de nuestra debilidad, nos mostró los bienes de su poder y de su gloria. Pues se hizo carne para hacernos espirituales, en su bondad se humilló para ensalzarnos, salió para que pudiésemos entrar, apareció visible para mostrarnos las cosas invisibles, padeció azotes para curarnos, soportó los ultrajes y burlas para librarnos de la vergüenza eterna, murió para darnos la vida. El, que en su naturaleza permanece incomprensible, en nuestra naturaleza se dejó prender y flagelar, porque si no hubiese asumido lo propio de nuestra debilidad, no hubiese podido elevarnos con el poder de su fuerza.
Por consiguiente, para realizar su misión, ha llevado a cabo una obra extraordinaria. Para ejecutar su plan ha hecho algo insólito, porque siendo Dios se ha encarnado para elevarnos hasta su justicia. Por nosotros se ha dignado soportar los azotes como hombre pecador. Hizo, pues, algo inaudito, ajeno a su ser, para ejecutar su obra: porque sufriendo soportó nuestros males, llevándonos a nosotros, sus criaturas, a la gloria de su potencia.
Reflexión Espiritual para el día.
Soportar los ultrajes, ser objeto de burla a causa de la fe, es una señal de los creyentes, a lo largo del tiempo. Hace mal al cuerpo y al alma cuando no pasa un día sin que el nombre de Dios sea expuesto a la duda o la blasfemia.
¿Dónde está tu Dios? Yo lo confieso ante el mundo y ante todos sus enemigos cuando desde el abismo de mi miseria creo en su bondad, cuando desde la culpa creo en su perdón, desde la muerte en la vida, desde la derrota en su victoria, desde el abandono en su presencia llena de gracia. Quien ha encontrado a Dios en la cruz de Jesucristo sabe cómo Dios se esconde de modo sorprendente en este mundo, sabe cómo está presente al máximo precisamente donde pensábamos que estaba sumamente lejano. Quien ha encontrado a Dios en la cruz perdona también a todos sus enemigos, porque Dios le ha perdonado.
Oh Dios, no me abandones cuando tenga que padecer ultrajes; perdona a todos los ateos, porque me has perdonado a mí, y lleva a todos a ti, por la cruz de tu hijo amado. ¡Abandona cualquier preocupación y espera! Dios sabe el momento de ayudarte y llegará sin duda, pues es Dios verdadero. El será la salvación de tu rostro, pues te conoce y te ha amado aun antes de crearle. No dejará que caigas. Estás en sus manos. Sólo podrás dar gracias por todo lo sucedido, porque habrás aprendido que Dios omnipotente es tu Dios. Tu salvación se llama Jesucristo.
Trinidad de Dios, te doy gracias por haberme elegido y amado. Te doy gracias por los caminos por los que me guías. Te doy gracias porque tú eres mi Dios.
El rostro de los personajes y pasajes de la Sagrada Biblia Jeremías 20, 10-13.Nueva crisis exterior: todos al acecho.
Jeremías, en esta última pincelada de sus confesiones, sigue reflejando la dolorosa situación de quien amontona a sus crisis interiores las amenazas exteriores, la persecución y el odio a muerte.
El contraste es sorprendente. En sus crisis interiores se revela contra el mismo Dios; le apostrofa con expresiones y gritos de protesta que ninguno de nosotros osaría repetir. Algo desconcertante para nuestra mentalidad cristiana. Cuando la crisis es exterior, aunque venga de sus íntimos, la postura de Jeremías toma un ritmo y orientación totalmente distintos. Se siente seguro en su interior, lo realmente importante para él, porque Yavé estará con él «como fuerte soldado»
Esta diferencia tan radical en Jeremías entre sus crisis interiores y exteriores, entre sus propias dudas y fracasos y las amenazas que le vienen de fuera ha despistado a más de un crítico que ha querido dislocar esta perícopa de la anterior. No hay lógica, se dice, entre la desesperación anterior y esta total confianza en Yavé. Como si el profeta, en un conflicto real de sentimientos, en un desahogo espontáneo y crujiente de su sicología maltrecha, tuviera que medir las palabras dentro de una lógica de Aristóteles.
Jeremías se sabe objeto de un nuevo complot. La gente que cuchichea por doquier buscando la ocasión para matarlo. Lo mismo acontecería siglos más tarde a Jesús de Nazaret. Los amigos, más prudentes y ladinos, esperar con sorna el momento de verlo caído para terminar de, aplastarlo. Es la situación casi continua de su vida. No se queja a Dios. Le basta recordar la promesa del día que lo llamó. Yavé es omnipotente y justo, conoce la más profunda intimidad personal, por ello espera confiado y seguro la derrota de todos sus enemigos. Es la creencia básica de la retribución terrena. Para ellos no existía más.
Terminará con una invitación litúrgica a todos cuantos quieran escucharlo a que alaben a Yavé, a que reconozcan su acción salvadora, que ya ve proféticamente realizada en él. Jeremías, testigo del dolor por el nombre y la palabra de Yavé, se ofrece, asimismo, como testigo anticipado de la salvación y glorificación que Yavé le ha de otorgar en esta vida, ya que su causa, su defensa, la justicia de su vida entera la ha puesto en manos de Él. Su confianza es total. Jamás Dios abandonará a quien en él se confía.
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