Liturgia diaria, reflexiones, cuentos, historias, y mucho más.......

Diferentes temas que nos ayudan a ser mejores cada día

Sintoniza en directo

Visita tambien...

sábado, 27 de marzo de 2010

Día 27-03-2010. Ciclo C.

27 de marzo de 2010. SÁBAD DE LA V SEMANA DE CUARESMA, Feria. 1ª semana del Salterio. (Ciclo C). AÑO SANTO COMPOSTELANO Y SACERDOTAL. SS. Ruperto ob, Beato Francisco Faá de Bruno pb.

LITURGIA DE LA PALABRA.
Ez 37,21-28: Los haré un solo pueblo
Salmo interleccional: Jr 31, 10-13: El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.
Jn 11,45-57: Para reunir a los hijos de Dios dispersos
El Lugar Santo, el Templo judío, como bien sabemos, se había convertido en la excusa perfecta para mantener el absoluto dominio sobre el pueblo en nombre de Dios. Toda la vida del pueblo giraba en torno a las disposiciones del templo, con un agravante: las políticas del “lugar santo” habían generado una sociedad piramidal, que cada vez hacía más estrecha la punta de la pirámide y más amplia su base, conformada por aquellos que poco a poco iban siendo expoliados de su dinero, de sus bienes y, finalmente de su propia libertad, gracias al sistema tributario que no perdonaba a nadie. Quien por motivo de su empobrecimiento paulatino quedaba ya en la inopia, tenía que entregar como prenda de pago a sus hijos, sus hijas y, finalmente, él mismo, tal como lo describe Gn 47,13-26 (cf. 1Sa 8:11-18).

Luego, lo que mueve a los miembros del Sanedrín, no es el celo religioso; lo que hay verdaderamente es miedo, terror a perder el medio externo que sirve como excusa para oprimir, controlar y explotar al pueblo. Hay un miedo, un terror -no infundado-, “Este hombre hace muchos milagros. Si lo dejamos que siga así, todos van a creer en él…” (Jn 11,47-48).

PRIMERA LECTURA.
Ezequiel 37,21-28
Los haré un solo pueblo
Así dice el Señor: "Yo voy a recoger a los israelitas por las naciones adonde marcharon, voy a congregarlos de todas partes y los voy a repatriar. Los haré un solo pueblo en su país, en los montes de Israel, y un solo rey reinará sobre todos ellos. No volverán a ser dos naciones ni a desmembrarse en dos monarquías. No volverán a contaminarse con sus ídolos y fetiches y con todos sus crímenes. Los libraré de sus pecados y prevaricaciones, los purificaré: ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos. Caminarán según mis mandatos y cumplirán mis preceptos, poniéndolos por obra.

Habitarán en la tierra que le di a mi siervo Jacob, en la que habitaron vuestros padres; allí vivirán para siempre, ellos y sus hijos y sus nietos; y mi siervo David será su príncipe para siempre. Haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y sabrán las naciones que yo soy el Señor que consagra a Israel, cuando esté entre ellos mi santuario para siempre."

Palabra de Dios.

Interleccional: Jeremías 31
R/.El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.
Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, / anunciadla en las islas remotas: / "El que dispersó a Israel lo reunirá, / lo guardará como un pastor a su rebaño." R.

Porque el Señor redimió a Jacob, / lo rescató de una mano más fuerte. / Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, / afluirán hacia los bienes del Señor. R.

Entonces se alegrará la doncella en la danza, / gozarán los jóvenes y los viejos; / convertiré su tristeza en gozo, / los alegraré y aliviaré sus penas. R.

SANTO EVANGELIO
Juan 11,45-57
Para reunir a los hijos de Dios dispersos


En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús. Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron: "¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación." Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: "Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera." Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.

Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente con los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos. Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban: "¿Qué os parece? ¿No vendrá a la fiesta?" Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.


Palabra del Señor.

Comentario de la Primera lectura: Ezequiel 37,21-28
En la segunda fase de su ministerio profético, después de haber predicado el castigo, Ezequiel anuncia simbólicamente (vv. 16s) la vuelta de Israel del destierro (v. 21) y la reunificación en un solo pueblo en los montes de Israel (v. 22), bajo la guía de un único rey-pastor (v 22.24). El castigo anunciado ya ha tenido lugar (la deportación del año 586 a.C.): pero tiene un carácter terapéutico y es temporal, con vistas a purificar la idolatría (v. 23) y curar las desobediencias (v. 24). La promesa de Dios, por el contrario, es una alianza de paz eterna (v. 26): el Espíritu del Señor reposa en su pueblo (v. 14) y el pueblo está llamado a reposar en la tierra de su Dios (v. 25s), en paz y prosperidad (v. 26-28). Dios morará en medio de su pueblo para siempre (vv. 27s).

Esta realidad revelará a todos quién es Yavé: “El Señor que consagra a Israel” (v. 28), y quién es Israel: el pueblo consagrado por la presencia de su Dios. En términos más familiares, como dice Dios por boca del profeta: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (v. 27), con toda la carga afectiva manifestada en estos posesivos.

Salmo interleccional. Jr 31, 10-13. El señor nos guardará como un pastor a su rebaño. 
«Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciadla en las islas remotas» (Jr 31,10). ¿Qué noticia está a punto de darse con estas solemnes palabras de Jeremías? Se trata de una noticia consoladora, y no por casualidad los capítulos que la contienen (cf. 30 y 31) se suelen llamar «Libro de la consolación». El anuncio atañe directamente al antiguo Israel, pero ya permite entrever de alguna manera el mensaje evangélico. 

El núcleo de este anuncio es el siguiente: «El Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte» (Jr 31,11). El trasfondo histórico de estas palabras está constituido por un momento de esperanza experimentado por el pueblo de Dios, más o menos un siglo después de que el norte del país, en el año 722 a. C., hubiera sido ocupado por el poder asirio. Ahora, en el tiempo del profeta, la reforma religiosa del rey Josías expresa un regreso del pueblo a la alianza con Dios y enciende la esperanza de que el tiempo del castigo haya concluido. Toma cuerpo la perspectiva de que el norte pueda volver a la libertad e Israel y Judá vuelvan a la unidad. Todos, incluyendo las «islas remotas», deberán ser testigos de este maravilloso acontecimiento: Dios, pastor de Israel, está a punto de intervenir. Había permitido la dispersión de su pueblo y ahora viene a congregarlo. 

La invitación a la alegría se desarrolla con imágenes que causan una profunda impresión. Es un oráculo que hace soñar. Describe un futuro en el que los exiliados «vendrán con aclamaciones» y no sólo volverán a encontrar el templo del Señor, sino también todos los bienes: el trigo, el vino, el aceite y los rebaños de ovejas y vacas. La Biblia no conoce un espiritualismo abstracto. La alegría prometida no afecta sólo a lo más íntimo del hombre, pues el Señor cuida de la vida humana en todas sus dimensiones. Jesús mismo subrayará este aspecto, invitando a sus discípulos a confiar en la Providencia también con respecto a las necesidades materiales (cf. Mt 6,25-34). Nuestro cántico insiste en esta perspectiva. Dios quiere hacer feliz al hombre entero. La condición que prepara para sus hijos se expresa con el símbolo del «huerto regado» (Jr 31,12), imagen de lozanía y fecundidad. Dios convierte su tristeza en gozo, los alimenta con enjundia (cf. v. 14) y los sacia de bienes, hasta el punto de que brotan espontáneos el canto y la danza. Será un júbilo incontenible, una alegría de todo el pueblo. 

La historia nos dice que este sueño no se hizo realidad entonces. Y no porque Dios no haya cumplido su promesa: el responsable de esa decepción fue una vez más el pueblo, con su infidelidad. El mismo libro de Jeremías se encarga de demostrarlo con el desarrollo de una profecía que resulta dolorosa y dura, y lleva progresivamente a algunas de las fases más tristes de la historia de Israel. No sólo no volverán los exiliados del norte, sino que incluso Judá será ocupada por Nabucodonosor en el año 587 a. C. Entonces comenzarán días amargos, cuando, en las orillas de Babilonia, deberán colgar las cítaras en los sauces (cf. Sal 136,2). En su corazón no podrán tener ánimo como para cantar ante el júbilo de sus verdugos; nadie se puede alegrar si se ve obligado al exilio abandonando su patria, la tierra donde Dios ha puesto su morada. 

Con todo, la invitación a la alegría que caracteriza este oráculo no pierde su significado. En efecto, sigue válida la motivación última sobre la cual se apoya: la expresan sobre todo algunos intensos versículos, que preceden a los que nos presenta la Liturgia de las Horas. Es preciso tenerlos muy presentes mientras se leen las manifestaciones de alegría de nuestro cántico. Describen con palabras vibrantes el amor de Dios a su pueblo. Indican un pacto irrevocable: «Con amor eterno te he amado» (Jr 31,3). Cantan la efusión paterna de un Dios que a Efraím lo llama su primogénito y lo colma de ternura: «Salieron entre llantos, y los guiaré con consolaciones; yo los guiaré a las corrientes de aguas, por caminos llanos para que no tropiecen, pues yo soy el Padre de Israel» (Jr 31,9). Aunque la promesa no se pudo realizar por entonces a causa de la infidelidad de los hijos, el amor del Padre permanece en toda su impresionante ternura. 

Este amor constituye el hilo de oro que une las fases de la historia de Israel, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus éxitos y en sus fracasos. El amor de Dios no falla; incluso el castigo es expresión de ese amor, asumiendo un significado pedagógico y salvífico. 

Sobre la roca firme de este amor, la invitación a la alegría de nuestro cántico evoca un futuro de Dios que, aunque se retrase, llegará tarde o temprano, no obstante todas las fragilidades de los hombres. Este futuro se ha realizado en la nueva alianza con la muerte y la resurrección de Cristo y con el don del Espíritu. Sin embargo, tendrá su pleno cumplimiento cuando el Señor vuelva al final de los tiempos. A la luz de estas certezas, el «sueño» de Jeremías sigue siendo una oportunidad histórica real, condicionada a la fidelidad de los hombres, y sobre todo una meta final, garantizada por la fidelidad de Dios y ya inaugurada por su amor en Cristo. 

Así pues, leyendo este oráculo de Jeremías, debemos dejar que resuene en nosotros el evangelio, la buena nueva promulgada por Cristo en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,16-21). La vida cristiana está llamada a ser un verdadero «júbilo», que sólo nuestro pecado puede poner en peligro. Al poner en nuestros labios estas palabras de Jeremías, la Liturgia de las Horas nos invita a enraizar nuestra vida en Cristo, nuestro Redentor (cf. Jr 31,11), y a buscar en él el secreto de la verdadera alegría en nuestra vida personal y comunitaria.

Comentario del Santo Evangelio: Juan 11,45-57
Después del “signo” de la resurrección de Lázaro, las autoridades judías están ya decididas a matar a Jesús, considerado un hombre peligroso. Si continúa haciendo milagros, ciertamente la muchedumbre, que ya había querido proclamarlo rey, lo declarará libertador de la nación, suscitando el furor de los romanos. Consiguientemente el templo podría ser destruido. Hay que evitar de cualquier modo este peligro.

La decisión muestra la ceguera total de los jefes respecto a Jesús. Desde la primera pascua Jesús había anunciado ser el nuevo templo, punto de convergencia de Israel y de toda la humanidad, pero no comprendieron sus palabras. Entonces intervino Caifás con su propia autoridad. Ya no le acusa de blasfemia, ni la ilegalidad de los actos de Jesús constituye el tema de su discurso; de su boca salen palabras dichas por “razón de Estado”, dictadas por interés político. El individuo debe ser sacrificado “por” el bien común. Y con estas palabras, sin querer, se convierte en profeta.

Ciertamente, la misión de Jesús consiste en reunir a los hijos dispersos y formar con todos un único pueblo nuevo, en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y esto acontece porque él da la vida “por” los hombres. De este modo, en el plano histórico el sanedrín decide la muerte de Jesús, pero en realidad —y Juan se desplaza al plano teológico— el Padre está llevando a cabo su designio de salvación gracias a la adhesión filial de Cristo a su obra.

En el Evangelio que se nos ha proclamado hoy el conflicto llega a su punto álgido. La situación es irreversible: se ha decidido la muerte de Jesús. El escándalo de la cruz aparece a nuestros ojos, y en la tierra nada ha cambiado. Por todas partes conflictos, sobre todo en nosotros mismos... ¿Lograremos el éxito donde Jesús ha fracasado?

A lo largo de este tiempo de pasión tendremos ocasión de enfrentarnos al realismo de la cruz. Cristo ha venido para hacernos partícipes de la promesa maravillosa de que Dios es todo en todos. Pero para realizarlo no ha suprimido los conflictos ni nos ofrece una paz barata. El mismo se ha adentrado en el meollo del conflicto que lacera el corazón humano y nos ha conseguido la victoria del amor... Se trata de una victoria lograda mediante la locura de la cruz y el sacrificio de la obediencia, que coincide cabalmente con la gloria eterna.

A través de este mismo camino, también nosotros podemos entrar en la gloria, que comienza ya aquí. Esa es la tarea de nuestra vida, el compromiso de este día. Rechazar la lucha —lo cual equivale a seguir nuestros deseos instintivos— y permitir que la división arraigue en nosotros y en el mundo es como ponerse al lado de los enemigos de Cristo. Aceptar generosamente la lucha, contando con la gracia de Dios, pedida en la oración, significa participar en la victoria definitiva del amor y poseer ya el gozo de Dios.

Comentario del Santo Evangelio: Jn 11, 45-56 (11, 45-52), para nuestros Mayores. Uno por todos.
Un hombre que debe morir por el pueblo. Jesús se había presentado como el pan de vida, el portador de la vida, como la resurrección y la vida. Con poder suficiente para destruir la muerte. Así lo demostraba no sólo su presentación, sino el hecho de haber arrancado del dominio de la muerte a un amigo Lázaro.

La actitud y obras de Jesús habían provocado reacciones diversas. Unos creían en él: actitud de fe. Otros lo rechazaban decididamente: actitud de hostilidad. Ante esto se convoca urgentemente una reunión del Consejo supremo. Si las cosas seguían así, y teniendo en cuenta que la policía no había actuado eficazmente, Jesús seguiría obrando «signos». La gente creería en él, lo aceptarían como Mesías, en el sentido político-social que ellos pensaban Y la consecuencia sería que Roma se vería obligada a intervenir, privando a los judíos del culto en el templo y de su misma existencia nacional.

Recordemos, una vez más, que el evangelista recoge no sólo lo ocurrido en tiempos de Jesús, sino lo que estaba ocurriendo cuando él puso por escrito aquellos acontecimientos. La desesperación de los fariseos y de los príncipes de los sacerdotes ante el éxito de Jesús y su temor por el futuro político de la nación deben ser entendidos a la luz del temor del judaísmo en los tiempos en que escribe Juan. El judaísmo era sustituido por la Iglesia. El orden antiguo, representado en la Ley y en la nación judía, estaba siendo sustituido por un orden nuevo y por un nuevo pueblo que surgía en torno a la fe en Cristo.

Había que tomar alguna decisión. Pero, ¿cuál? Hasta que el sumo sacerdote interviene, reprochando a sus colegas su ineptitud y falta de iniciativa, nadie acierta con la solución. El sumo sacerdote habla de conveniencia de que un hombre muera por el pueblo antes de que la nación pierda su seguridad e, incluso, su misma existencia.

Es interesante la nota que, al respecto, pone el evangelista. Caifás habló así no por su propia cuenta, sino con la plena autoridad que su oficio le confería…Dijo más de lo que sabía. Lo mismo que los demás miembros del Consejo, deseaba eliminar a Jesús, para que el pueblo elegido sobreviviese como la nación judía. Pero, una vez más, el cálculo humano fracasó, tal vez por exceso de previsión. De hecho, el resultado de la muerte de Cristo fue la aparición de la Iglesia, como el verdadero pueblo elegido de Dios, que recluta sus miembros no sólo de entre los judíos, sino de toda la raza humana. Precisamente por todos aquéllos por quienes muere Jesús: por todo el pueblo, es decir, por todos los hombres.

Entre las funciones que el sumo sacerdote judío ejercía figuraba como una de las más importantes entrar, una vez al año, en el Santo de los Santos para ofrecer a Dios la sangre de las víctimas como expiación por los pecados propios y los del pueblo. En la profecía inconsciente de Caifás se hace referencia a esta función sacerdotal, como que Jesús ofrece su vida no por él mismo, sino por todos los hombres, para realizar la unidad de los hijos de Dios que estaban dispersos (v. 52). Desde el momento en que Caifás intervino, el Consejo buscaba la oportunidad para llevar a la práctica su profecía.

Comentario del Santo Evangelio: Jn 11,45-57, de Joven para Joven. Para reunir a los hijos. 
“¡Jerusalén, Jerusalén...!”, lamenta Jesús con lágrimas en los ojos al divisar la ciudad de David desde el monte de los Olivos. “¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la clueca reúne a sus pollitos bajo las alas, pero no habéis querido!” (Mt 23,37).

Jesús dedica su ministerio a congregar a los miembros del pueblo de Dios dispersos por culpa de los malos pastores (Mc 6,34). Lo primero que hace, al comienzo ya de su ministerio, es congregar a un pequeño grupo de seguidores para que convivan con él familiarmente compartiéndolo todo (Mc 3,14). También ha congregado a otro grupo mayor de personas que le acompañan en sus itinerarios y escuchan habitualmente su mensaje profético. Sus parábolas y algunos signos milagrosos ponen de manifiesto que el fin esencial de su misión es crear comunidad, un pueblo de hermanos que comparte, concelebra y se corresponsabiliza de su vida y misión.

Pablo entona con frecuencia un himno de acción de gracias al Señor por su acción reconciliadora entre los hombres, separados por muros religiosos, culturales y étnicos. ‘Ya no hay judío ni griego, siervo ni libre, varón ni mujer, puesto que todos vosotros sois uno en Cristo” (Gá 3,28; cf. Col 3,11). Él “derribó barreras divisorias..., para crear una humanidad nueva” (Ef. 2,14-15). Jesús luchó, sobretodo, con sus actitudes y gestos, escandalosos para los santones, por la reconciliación de los grupos enfrentados en la sociedad judía: judíos y samaritanos, judíos y paganos, puros e impuros, jerarquía y pueblo. Por eso se reúnen en sesión conspiradora los sumos sacerdotes y fariseos para sentenciarlo a muerte. Razonan: “Si lo dejamos seguir, todos creerán en él” (Jn 11,48), porque el pueblo había encontrado en él al guía polarizador. Lo ejecutarán precisamente por haber tendido puentes en las simas de separación y haber abolido títulos de superioridad.

Este denso sentido tiene la afirmación que pone Mateo después de haber levantado acta de notario sobre su muerte: “Entonces la cortina del santuario se rasgó en dos de arriba abajo” (Mt 27,51). Se trata de la cortina que separaba a los sacerdotes de los laicos en el antiguo pueblo de Dios. De este modo indica Mateo la caída del muro que dividía al pueblo en dos categorías. Lo que los ojos sanguinolentos de Jesús podían divisar poco antes de su agonía no era precisamente una gran comunidad fraternal, fruto de los afanes reconciliadores, sino un puñado reducidísimo de personas: su madre, Juan, el discípulo más joven, tres amigas y dos amigos: Nicodemo y José de Arimatea. He aquí el germen del nuevo pueblo de Dios, el principio de la nueva humanidad. El resto de los discípulos dispersos volverá a reunirse con este pequeño grupo de personas fieles para formar el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, cuyos granos, sembrados sucesivamente, se convertirán en un gran trigal extendido por toda la tierra.

El sueño de Jesús, que no es otro que el sueño del Padre, es la “unidad”, la “comunidad” de los hombres, de todos los hijos de Dios. En el momento supremo de la cena ora al Padre con el corazón estremecido: “Que sean uno, Padre, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21). 

En el mismo acontecimiento decisivo de su última cena con los suyos proclama el amor recíproco, la amistad, como condición única de la nueva Alianza que sella con su sangre. Juan hace una afirmación trascendental para interpretar el sentido de la muerte de Jesús: Iba a morir “para congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52). No se puede decir nada más denso, preciso y precioso sobre la finalidad de la misión y muerte de Jesús. Al final de la historia Jesús entregará al Padre, como fruto de su acción liberadora, una humanidad reconciliada en la que todos viviremos de verdad como hermanos para siempre (1 Co 15,24), al modo de la Trinidad, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados. ¿Qué otro sueño puede tener un padre sino que todos sus hijos vivan en armonía? 

Toda realización comunitaria, hermanamiento o reconciliación es, a la vez, “don” y “tarea”. Oramos en la plegaria eucarística segunda: “Que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo”. Es el Espíritu el que reúne los huesos áridos y dispersos para convertirlos en cuerpo vivo (Ez 37,1ss), y el fundador de las “comunidades”, “congregaciones” y amistades. 

Hemos sido elegidos como instrumentos del Espíritu unificador. Esto reclama que sintamos la urgencia de vivir en comunión y en comunidad con los hermanos en la fe aceptando y haciendo fraternidad. Uno no es cristiano por tener tal nivel de virtud o espiritualidad, sino por estar ensamblado en la familia de Dios. El cristiano es el que tiende la mano, el que hace cadena con los demás hermanos. Por eso, toda acción creadora de comunidad, de reconciliación, de cercanía continúa la misión liberadora. Y por el contrario, todo lo que sea crear divisiones, poner barreras, provocar enfrentamientos, suscitar prejuicios y causar desarmonía es hacer obra diabólica, porque es destruir lo que Cristo edifica. De cada cristiano debería decirse en el momento de su muerte lo que Juan afirmó de Jesús: Vivió y “murió para congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52).

Elevación Espiritual par este día. 
Hermanos, es necesario que pensemos de Jesucristo como de Dios, como juez de vivos y muertos; y es necesario que no tengamos en poca estima lo referente a nuestra salvación. Pecamos cuando ignoramos de dónde, por quién y a dónde hemos sido llamados y cuánto soportó padecer Jesucristo por nuestra causa. Ahora bien, ¿qué le daremos a él a cambio, qué fruto digno de lo que él mismo nos ha dado? ¿Cuántos beneficios le debemos? Pues nos concedió la gracia de la luz; como Padre nos llamó hijos; cuando estábamos perdidos, nos salvó. Así pues, ¿qué alabanza o qué pago le daremos a cambio de lo que hemos recibido? Nuestra mente estaba cegada cuando adorábamos piedras, leños, oro, plata y bronce, obras de los hombres. Toda nuestra vida no era más que muerte. Estábamos inmersos en las tinieblas. Pero se apiadó de nosotros y nos salvó compasivamente al ver el gran extravío y perdición en que estábamos sumidos, y que no teníamos ninguna esperanza de salvación si no venía de él. Nos llamó cuando no éramos y quiso que existiéramos a partir de la nada.

Así pues, arrepintámonos de todo corazón para que ninguno de nosotros se pierda. Ayudémonos mutuamente para guiar a los débiles en lo relativo a la fe, con el fin de que todos nos salvemos, nos convirtamos y nos amonestemos. Reunámonos e intentemos progresar en los mandamientos del Señor para que todos, al tener los mismos sentimientos, seamos reunidos para la vida.

Al único Dios invisible, Padre de la verdad, que nos envió al Salvador y guía de la incorruptibilidad, por medio del cual nos manifestó también la verdad y la vida celeste, a él la gloria por los siglos de los siglos.

Reflexión Espiritual para el día. 
Morimos solos. Mientras la vida, desde el seno materno, siempre es comunión, tanto que un yo humano aislado no puede ni nacer, ni subsistir, ni siquiera ser imaginado, la muerte dela en suspenso la ley de la comunión. Los hombres pueden acompañar hasta el extremo del umbral al moribundo, que puede sentirse acompañado, sobre todo, por la comunidad de los creyentes que le acompañan en la fe en Cristo; sin embargo, franqueará la estrecha puerta solo y aislado. La soledad explica lo que es actualmente la muerte: consecuencia del pecado (Rom 5,12); es inútil tratar de buscar otra razón.

Cristo ha asumido por los pecadores la muerte en su radicalidad extrema, con intensidad dramática. Y tanto es así que no sólo fue manifiestamente abandonado por los hombres, no sólo fue rechazado por pocos partidarios suyos, sino que puso explícitamente en manos del Padre el vínculo de unión que le unía a él, el Espíritu Santo, para experimentar hasta sus últimas consecuencias el total abandono incluso por parte del Padre. Toda la riqueza del amor debe resumirse y simplificarse en este punto de unión, para que, manando de ahí, se pueda tener una fuente y una reserva eterna.

Por eso, no existe en la tierra una comunión en la fe que no se derive de la extrema soledad de la muerte en la cruz. El bautismo, que sumerge al cristiano en el agua, lo separa, en la fuente imagen de la amenaza de muerte de toda comunicación, para llevarlo a la verdadera fuente, origen de dicha comunicación. La misma fe, en
su origen, está necesariamente de cara al abandono que el mundo y Dios han hecho al crucificado. El mismo amor cristiano al prójimo es el resultado del sacrificio del hombre, así como Dios Padre se sirve para la redención de la humanidad del sacrificio del Hijo abandonado.

El rostro de los personajes y pasajes de la Sagrada Biblia: Ezequiel 37, 15-19. 21b-22. 26-28 y 37, 21-28. Simbolismo de dos palos unidos
Si a nosotros nos extrañan las acciones simbólicas, a los israelitas tampoco les resultaban siempre evidentes. Ya los oímos preguntarle qué significaba aquello que hacía con motivo de, la muerte de su esposa o cuando atravesó el muro por si mismo horadado con el hatillo al hombro. Ahora lo contemplan entretenido en grabar en sendas varas el nombre de Judá y de José o Israel. Luego las ensambla y camina con ellas juntas en la mano. Los paisanos, que ya han captado la forma peculiar que tiene su profeta de hablarles, sospechan que aquello debe tener algún sentido y le piden una explicación.

La presente lectura fue la respuesta de Ezequiel. Era como decirles: ¡Arriba los corazones! Y entroncando con la historia del pueblo desde los tiempos davídicos, les promete, en nombre de Yavé, la repatriación y la unidad en la Tierra Prometida bajo la égida de un nuevo David.

David había sido el verdadero artífice de la unidad del reino. Su hijo Salomón supo conservarla, pero no transmitirla. Los tiempos de David, el elegido del Señor, quedaron así tipificados como tiempos ideales de la teocracia de Israel. Después de la división del reino a la muerte de Salomón, Israel y Judá, como desgajadas de su unidad teocéntrica, habían sido arrojadas lejos de la Tierra Prometida.

En la futura repatriación y unificación de estas dos ramas, que el profeta les anuncia, volverá a reinar un nuevo David, un rey único sobre todos ellos. En una época feliz e ideal no podía existir la división, fruto del pecado y del desorden.

Elemento esencial de esta restauración nacional será la purificación de todas sus contaminaciones idolátricas, sus pecados y prevaricaciones, paso imprescindible para la realización de una Nueva Alianza. Alianza de los tiempos mesiánicos, que realizará Cristo en su sangre... derramada para el perdón de los pecados.

Importante es la identificación que hace el profeta de este siervo David, rey, con el «único pastor de ellos», Dios mismo, de quien nos hablará en el versículo 24. Un verdadero diseño de la Encarnación. No menos llamativa es la insistencia machacona de ese «para siempre», de esa garantía de perpetuidad y eternidad que implicaba paz, bienestar y orden.

Si a esto añadimos las características de esta Nueva Alianza: Yavé, su Dios; Israel, su pueblo; vida en «la tierra que vivieron sus padres»; santuario en medio de ellos, como símbolo de presencia vivificante y salvífica; el nuevo David divino como pastor único de todos ellos... necesariamente se rompen las coordenadas de tiempo y espacio para encontrarnos de lleno en la plenitud de los tiempos mesiánicos La contrastada realidad de la repatriación impuso muy pronto una visión mesiánica y escatológica de la presente lectura.

«Y sabrán las naciones» Israel se convierte así en profeta e intermediario entre todos los pueblos, en instrumento de revelación, en testimonio de la presencia visible de Dios en el mundo y en la historia, en sacramento de salvación universal. Es la vocación de la Iglesia querida y revelada por Dios.
 
Copyright © Reflexiones Católicas

No hay comentarios: