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lunes, 29 de marzo de 2010

Día 29-03-2010. Ciclo C.

29 de Marzo 2010.  LUNES SANTO, Feria,  2ª semana del Salterio. (Ciclo C). AÑO SANTO COMPOSTELANO Y SACERDOTAL. SS. Eusteasio ob,  Guillermo Tempier ob, Ludolfo ob.

LITURGIA DE LA PALABRA.
Isaías 42, 1-7. No gritará, no clamara, no voceará por las calle.
Salmo responsorial 26. El Señor es mi luz y mi salvación.
Juan 12, 1-11. Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura.

LUNES SANTO PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR.
— El verdadero arrepentimiento. Acto de contrición.


Mientras se desarrolla el proceso contra Jesús ante el Sanedrín tiene lugar la escena más triste de la vida de Pedro. El, que lo había dejado todo por seguir a nuestro Señor, que ha visto tantos prodigios y ha recibido tantas muestras de afecto, ahora le niega rotundamente. Se siente acorralado y niega hasta con juramento conocer a Jesús.

Cuando Pedro estaba abajo en el atrio, llega una de la criadas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro que se estaba calentando, fijándose en él, le dice: También tú estabas con Jesús, ese Nazareno. Pero él lo negó diciendo: Ni le conozco, ni sé de qué hablas. Y salió afuera, al vestíbulo de la casa, y cantó un gallo. Y al verlo la criada empezó a decir otra vez a los que estaban alrededor: éste es de los suyos. Pero él lo volvió a negar. Y un poco después, los que estaban allí decían a Pedro: Desde luego eres de ellos, porque también tú eres galileo. Pero él comenzó a decir imprecaciones y a jurar: No conozco a ese hombre del que habláis.

Ha negado conocer a su Señor, y con eso niega también el sentido hondo de su existencia: ser Apóstol, testigo de la vida de Cristo, confesar que Jesús es el Hijo de Dios vivo. Su vida honrada, su vocación de Apóstol, las esperanzas que Dios había depositado en él, su pasado, su futuro: todo se ha venido abajo. ¿Cómo es posible que diga no conozco a ese hombre?

Unos años antes, un milagro obrado por Jesús había tenido para él un significado especial y profundo. Al ver la pesca milagrosa (la primera de ellas) Pedro lo comprendió todo, se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador Pues el asombro se había apoderado de él. Parece como si en un momento lo hubiera visto todo claro: la santidad de Cristo y su condición de hombre pecador. Lo negro se percibe en contraste con lo blanco, la oscuridad con la luz, la suciedad con la limpieza, el pecado con la santidad. Y entonces, mientras sus labios decían que por sus pecados se siente indigno de estar junto al Señor, sus ojos y toda su actitud le pedían no separarse jamás de Él. Aquel fue un día muy feliz. Allí comenzó realmente todo: Entonces dijo Jesús a Simón: No temas; desde ahora serán hombres los que has de pescar Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron. La vida de Pedro tendría desde entonces un formidable objetivo: amar a Cristo y ser pescador de hombres. Todo lo demás sería medio e instrumento para este fin. Ahora, por fragilidad, por dejarse llevar del miedo y de los respetos humanos, Pedro se ha derrumbado.

El pecado, la infidelidad en mayor o menor grado, es siempre negación de Cristo y de lo más noble que hay en nosotros mismos, de los mejores ideales que el Señor ha sembrado en nosotros. El pecado es la gran ruina del hombre. Por eso hemos de luchar con ahínco, ayudados por la gracia, para evitar todo pecado grave —los de malicia, fragilidad o ignorancia culpable— y todo pecado venial deliberado.

Pero incluso del pecado, si tuviéramos la desgracia de cometerlo, hemos de sacar frutos, pues la contrición afianza más la amistad con el Señor. Nuestros errores no deben desalentarnos jamás si nos comportamos con humildad. Un sincero arrepentimiento es siempre la ocasión de un encuentro nuevo con el Señor, del que se pueden derivar insospechadas consecuencias para nuestra vida interior. Si pecamos, hemos de volver al Señor cuantas veces sea preciso, sin angustiamos pero sí con dolor.
«Pedro invirtió una hora para caer, pero en un minuto se levanta y subirá más alto de lo que estaba antes de su caída».

El Cielo está lleno de grandes pecadores que supieron arrepentirse. Jesús nos recibe siempre y se alegra cuando recomenzamos el camino que habíamos abandonado, quizá en cosas pequeñas.

PRIMERA LECTURA.
Isaías 42, 1-7.
No gritará, no clamara, no voceará por las calle.
Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamara, no voceará por las calle.

La caña cascada no la quebrará., el pabilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas.

Así dice el Señor Dios, que creo y desplegó los cielos, consolidó la tierra con su vegetación, dio el respiro al pueblo que lo habita y el aliento a los que se mueven en ella.

Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial 26
R/.El señor me ha coronado, sobre la columna me ha exaltado
El Señor es li ley y mi salvación, / ¿a quien temeré? / El Señor es la defensa de mi vida, /¿Quién Me hará temblar?. R. Si un ejercito acampa contra mí, / mi corazón no tiembla; / si me declaran la guerra, / me siento tranquilo. R. Una cosa pido al Señor, / eso buscaré: / habitar en la casa del Señor / por los dias de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, / contemplando su templo. R. Él me protegerá en su tienda / el día del peligro; / me esconderá en lo escondido de su morada, me alzará sobre la roca. R

Palabra de Dios.

SANTO EVANGELIO.
Juan 12, 1-11.
Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura, 


Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él en la mesa.

María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres? (Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa llevaba lo que iban echando)

Entonces Jesús dijo: Déjala: lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis con vosotros, pero a mi no siempre me tenéis.

Una muchedumbre de Judíos se entero de que estaba allí y fueron no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús.

Palabra del Señor.


Comentario de la Primera lectura: Isaías 42,1-7
En estos días santos, se yergue ante nosotros la figura del Siervo de Yavé silenciosa y majestuosa, para introducirnos en el misterio pascual: su elección, misión y sufrimientos son profecía de la suerte de Cristo. Dios mismo presenta a su Siervo. Él lo ha elegido para una misión difícil y de capital importancia, por ello le sostiene. Consagrado con el espíritu profético, el Siervo llevará el “derecho” a todas las gentes, es decir, el conocimiento práctico de los juicios de Dios (v. 1). Este carácter “judiciario” se ilustra con la imagen de los vv. 2s, donde la misión del Siervo se describe teniendo en cuenta la figura del “heraldo del gran Rey”. Según las costumbres de Babilonia, el heraldo estaba encargado de proclamar en las plazas de la ciudad los decretos de condenas a muerte. Si al concluir el pregón no surgía ningún testimonio en defensa del condenado, rompía la caña y apagaba la lámpara que llevaba, para indicar que la condena era ya irrevocable.

Ahora bien, el Siervo del único verdadero Rey, Dios, no quiebra la caña cascada. Mensajero de su juicio, no viene a condenar, sino a salvar. Con la fuerza de la mansedumbre y la firmeza de la verdad, perseverará en su tarea; las regiones más remotas, los que están lejanos de Dios, atenderán a la torah, la enseñanza que nos trae (v. 4). En Cristo, la figura se convierte en realidad. Cristo es a la vez verdadero Siervo doliente y verdadero libertador de la humanidad de la cárcel del pecado, elegido y enviado para la salvación. El es la luz que ha venido al mundo a iluminar a todas las gentes. Él es el mediador de una nueva y eterna alianza (vv. 6s), ratificada con su cuerpo entregado y con su sangre derramada.

Comentario Salmo 26.
En el Salmo anterior oíamos al autor exclamar desde lo más profundo de su alma: «Señor, yo amo la belleza de tu casa». En el salmo 26 hoy, que podríamos decir que es una continuación del anterior, el Espíritu Santo pone estas palabras en la boca de nuestro salmista: «Una cosa pido al Señor, y sólo eso es lo que busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de la dulzura del Señor».

Vemos a este hombre no sólo con el deseo de una contemplación estática de la belleza del Templo que, personifica el Rostro de Dios; sino que, en una actitud activa, el salmista desea vivamente vivir con Dios y saborear su dulzura. Para que no quepa la menor duda de interpretación del salmo, fijémonos en las palabras de su autor: «Y sólo eso es lo que busco...». Efectivamente, busca la comunión con el mismo Dios.

¿Cómo puede un hombre mantener y llevar adelante estos deseos e impulsos cuando a veces tenemos la impresión de que Dios, no aparece por ninguna parte, cuando miramos dentro y fuera de nosotros mismos y sólo percibimos su angustiante ausencia?

¿Cómo avivar la esperanza cuando lo único que experimentamos de Dios es que nos ha abandonado, que se ha despreocupado de nosotros?

¿Hay algún motivo para seguir confiando, para orientar nuestra vida en una búsqueda aparentemente inútil?

Dios responde a nuestro ser tentado, por medio de su propio Hijo: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca halla, y al que llama se le abrirá» (Mt 7,7-8). Este nuestro Dios, al que a veces podemos considerar sordo, ciego e insensible ante nuestros dramas, viene en nuestra búsqueda, viene en nuestro rescate bajo la figura del Buen Pastor. Dice Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10,27-28).

Esta «Voz» es el Evangelio proclamado por Jesús; quien lo escucha saborea la dulzura de Dios como pedía el salmista; y así nos lo atestigua Él mismo en el libro del Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20). Dios mismo entra en comunión con el hombre traspasando infinitamente los deseos del salmista.

Inmensurable la promesa de Dios, inmensurable también nuestra precariedad. Pero aun en esta nuestra pobreza, aun cuando en la tentación bajemos a lo profundo de nuestros abismos, siempre queda, por muy débil que sea, el grito de nuestro propio corazón insatisfecho. Como dice san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón no reposará hasta que descanse en Ti». Esta insatisfacción profunda es, aun sin saberlo conscientemente, el grito que alcanza a Dios. Continuemos con el salmo: «Escucha, Señor, mi grito de súplica, ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón: “¡buscad mi rostro!”. Tu rostro es lo que busco, Señor».

Sean cuales sean los caminos por donde ha sido llevado un hombre y, por muy débil e imperceptible que sea el grito de su corazón..., Dios lo oye, actúa y salva. No es en nuestros méritos, sino en las infinitas y misericordiosas entrañas de Dios, donde se apoya nuestra esperanza. Por eso escuchamos en el profeta Isaías una de las características que van a definir al Hijo de Dios: «Caña quebrada no partirá y mecha mortecina no apagará» (Is 42,3). Dios envió su Hijo al mundo para que todo el que se vuelva hacia Él buscando su rostro, sea cual sea su situación moral, no quede defraudado.

Jesucristo, que lleva en su carne la inagotable misericordia de su Padre, viendo a la humanidad doliente y su friendo con el hombre el cansancio de su propio corazón, proclama esta buena noticia: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera»
(Mt 11,28-30).

El Hijo de Dios muere no para darnos ningún ejemplo moralizante, sino para comprarnos en rescate para el Padre. Así lo anuncia el apóstol Pedro: «Habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Jesucristo» (1Pe 1,18-19). Sangre preciosa del Cordero que ha hecho posible que el rostro de Dios que buscaba el salmista esté transparentado en toda su plenitud en el santo Evangelio.

Comentario del Santo Evangelio: Juan 12,1-11
“Seis días antes de la fiesta judía”: la habitual precisión de Juan nos permite hoy revivir puntualmente, en la liturgia, la gracia de los últimos acontecimientos que preparan la pascua del Señor. La cena de Betania es preludio de la última cena. Según la mentalidad de aquel tiempo, la comida, particularmente la consumida juntos, reviste un carácter sagrado, pues indica comunión de vida y acción de gracias por la misma vida. Este aspecto, en esta cena, se profundiza ulteriormente por la presencia de Lázaro, “resucitado de entre los muertos”, del que se dice que era uno de los que “estaban recostados” con Jesús (según la costumbre de comer recostados): gran proximidad de vida y muerte, presagio de comunidad de destino... Pero es la figura de María la que aparece en primer plano con su silencioso gesto de amor de adoración, sin cálculo ni medida. El perfume que derrama a los pies de Jesús es sumamente caro: trescientos denarios corresponden al salario de diez meses de trabajo de un obrero. Y toda la casa —nota el evangelista aludiendo al Cantar de los Cantares (1,12) — se llenó de la fragancia. Es un detalle que nos muestra en María la imagen de la Iglesia-Esposa unida amorosamente al sacrificio de Cristo-Esposo. A la donación total sin límites se contrapone la tacañería de Judas Iscariote (vv. 4-6).

Sin medias tintas, Juan nos presenta dos tipos en el seguimiento del Señor, María y Judas: el amor dilató el corazón de una; la mezquindad cerró de par en par el corazón del otro.

También se nos invita a la cena de Betania para estar con Jesús en esa atmósfera cálida de afecto y amistad. Permanecemos en esa casa acogedora para afianzar nuestro seguimiento de Jesús: un camino de salvación, de la muerte a la vida, como le sucedió a Lázaro, o de activa solicitud que se convierte en servicio cotidiano al Maestro y a los suyos, como Marta. Un camino de amor, de adoración, que dilata día tras día el corazón, o quizás de reservas, resistencias y cálculos cada vez más mezquinos que acaban ahogándonos en la avaricia: María y Judas, ambos discípulos del Señor, se nos presentan como ejemplos-límite.

El estar con Jesús, escuchar su Palabra, compartir con él la existencia, no es todavía lo que decide nuestra meta y los pasos para lograrla. Es decisivo reconocer y acoger el amor que él da, el Amor que él es. Judas no lo acogió, por eso condena el “derroche” de María, haciendo sus cuentas con el pretexto de los pobres... María ha hecho de ese amor su vida; el centro de gravedad que la saca fuera de sí misma sin cálculos, sin razonamientos; con intuición muy precisa y luminosa, se ha quedado con lo esencial: con el pobre Jesús que da todo.

María no puede esperar, y quiere imitar, con el símbolo de un gesto, a su Maestro: derrama sobre esos pies que le han abierto el camino de una plenitud inesperada de amor —ahora en el tiempo y, lo cree firmemente, también en la eternidad— el nardo preciosísimo guardado con cuidado, imagen de una vida totalmente derramada en la caridad. “Y toda la casa se llenó de la fragancia del perfume.”

Comentario del Santo Evangelio: Jn 12, 1-11, para nuestros Mayores. Unción en Betania.
Quien ama el peligro, en él perecerá. Jesús vuelve a Betania, lugar muy peligroso para él, puesto que los judíos habían tomado la decisión de eliminarlo, precisamente por lo que allí había hecho: la resurrección de Lázaro. Jesús, por su propia decisión e iniciativa, vuelve allá. Así se establece una especie de simultaneidad entre las maquinaciones de los judíos para eliminar a Jesús y su propia acción de su entrega a la muerte.

De nuevo nos encontramos aquí con una contraposición intentada directamente por el evangelista: los judíos, procedentes de la diáspora, llegaban a Jerusalén unos días antes de la fiesta para practicar determinados ritos de purificación y se preguntaban si Jesús no subiría a la fiesta; Jesús es ungido en Betania y habla del sentido de aquella unción en orden su sepultura. Al mismo tiempo se acentúa la malicia judía, que intenta eliminar a Lázaro, porque por su causa muchos creían en Jesús.

La mención de Lázaro, en esta ocasión, tiene otra finalidad. El Señor había hecho una demostración de su poder sobre la muerte resucitando a Lázaro. Ahora se encuentran sentados en la misma mesa. La servía Marta. Pero la atención la ocupa no Marta, sino María, por razón de la acción que realizaría, la objeción de Judas y la defensa que Jesús hizo de ella.

La historia de la unción de Betania la refieren también los Sinópticos. Notemos las diferencias. En Marcos la historia de la unción tiene lugar después de la entrada de Jesús en Jerusalén. Es llevada a cabo por una mujer innominada (Mc 14, 3-9), que unge su cabeza. Según la narración de Juan, la escena tuvo lugar la víspera de la entrada en Jerusalén. La mujer que protagoniza la escena es llamada María, hermana de Lázaro.

El significado de la narración de Marcos es el siguiente: reconocimiento, por parte de aquella mujer innominada, de Jesús como Rey-Mesías. Por eso le unge la cabeza. La crítica que recae sobre ella por aquella acción despilfarradora es rechazada por Jesús diciendo que ha hecho una cosa buena, por lo excepcional de la situación. Él acepta aquel gesto como una preparación para su sepultura. No se nos dice que aquella mujer estableciese conexión alguna entre la unción y la sepultura. Es Jesús quien relaciona las dos cosas.

La presentación que hace el cuarto evangelio evoca necesariamente otra escena que nos es narrada por Lucas (Lc 10, 3 8-42), en la que María, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra. Entonces declaró el Señor que ella había elegido la mejor parte y nadie la privaría de ella. En la narración de la resurrección de Lázaro, que antecede inmediatamente a ésta, se nos dice que Jesús tenía mucha amistad con esta familia de Betania, compuesta por Lázaro, Marta y María. Comparando los datos de Juan con los de Lucas habría que concluir que María fue quien mejor había comprendido a Jesús y quien más lo amaba.

Tanto la narración sinóptica como la joánica de la unción coinciden en presentar la escena como un acto de suprema devoción. ¿Por qué Juan nos dice que María ungió los pies de Jesús? Probablemente la explicación haya que verla en la confrontación de esta escena con la del lavatorio de los pies.

Las palabras que Jesús dirigió a Pedro (13, 6-10) indican que su acción, aunque realizada en los pies de los discípulos, equivalía a un lavado completo. Posiblemente en la unción de los pies de Jesús habría que aplicar el mismo principio. Suponiendo que esto sea así, el lector del evangelio es invitado a ver en la unción de María una acción simbólica de embalsamar el cuerpo de Jesús, como si ya hubiese muerto.

Comentario del Santo Evangelio: Juan 12,1-11, de Joven para Joven. Cena de Jesús en Betania. 
El relato de Juan es mucho más que la crónica de un pequeño acontecimiento por muy emotivo que sea. Está cargado de simbolismo y lleva entrañado mensajes valederos hasta el final de los tiempos en primer lugar, una confesión anticipada de la resurrección de Jesús. Juan recuerda la proximidad de la Pascua y resalta que está presente Lázaro resucitado, como símbolo del poder de Jesús sobre la muerte, la suya y la de los demás. Se cumplirá el salmo: “No me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida” (Sal 16).

María, con su unción, anticipa los cuidados de que habría de ser objeto el cadáver de Jesús (Jn 19,38-42) y, en este sentido, es signo de su muerte; al mismo tiempo, es también signo de su resurrección porque las unciones funerarias tenían como finalidad evitar o retrasar la corrupción del cadáver ya que pensaban que, mientras se mantenía íntegro, perduraba en él un cierto modo de vida.

Lo mismo que el aceite impregna un tejido, el hombre que recibe la unción queda impregnado de nueva vida y es liberado de la muerte. Pero, al mismo tiempo, el frasco roto que contiene el perfume de nardo es símbolo de la humanidad, del cuerpo de Jesús, del que, al ser roto en la pasión, brota de él la fragancia de la gracia, el amor, la alegría que llena “la casa de la Iglesia”, del mundo entero.

En medio de las grandes tensiones en que vive Jesús, encuentra en la casa de los tres hermanos de Betania un lugar de paz y afecto. El relato presenta a varios personajes contrapuestos. Por una parte, los tres hermanos; por otra Judas, el traidor; y por otra, “los sumos sacerdotes, que deciden matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús”

La amistad de los tres hermanos con Jesús es una amistad “peligrosa”, porque los enfrenta con los enemigos de Jesús. Por eso Nicodemo acudió a él “de noche” (Jn 3,2). De hecho, “deciden matar a Lázaro”. Pero los tres hermanos son fieles a su amigo hasta el final. Se trata de una familia comprometida que se la juega de verdad por Jesús y su Causa.

Por lo demás, tanto este relato evangélico como otros ponen de manifiesto la cordialidad y generosidad que profesan hacia Jesús. El afán de servirle exquisitamente por parte de María, el afán de escucharle ávidamente por parte de María (Lc 10,38-42) y el diálogo con motivo de la muerte de Lázaro ponen de manifiesto la amistad ardiente y obsequiosa que le profesan. Los comportamientos que refleja el relato joánico lo pregonan: Marta “sirve” hacendosa y amorosamente; María rompe el frasco de perfume de nardo, al que Judas Iscariote le pone precio: trescientos denarios, que representaba el salario anual de un obrero (Mt 20,2). Y Lázaro está allí dando testimonio, homenajeando a su salvador. Los tres hermanos, costeando gozosos la cena de amistad al Amigo, son el símbolo de la verdadera Iglesia, de toda comunidad cristiana, enamorada y fiel al Esposo, que no anda con “cumplimientos”, sino que procura agradar, hacer gozosamente la voluntad de su Esposo. No se contenta con ofrecer “perfumes” de desecho, sin fragancia, sino que ofrece “perfume de nardo, auténtico y costoso”.

En contraposición está Judas como símbolo de los “cristianos” traficantes del templo que practican una religiosidad mercantil del “toma y daca”; “toma” de unos ritos y unos ratos para Dios, cumplimientos fríos de una religiosidad convencional; y “daca” de favores temporales y garantías contra contratiempos de la vida. Son los cristianos del domingo, pero nada más; del canto del gallo, que niegan su condición de tales cuando arrecia la borrasca o cuando hay que poner la cara, arriesgar y “perder” tiempo, dinero, prestigio o comodidad. Son los que, como Judas, protestan: “¿Para qué vamos a derrochar?”. Pero no es porque quieran reservar sus talentos para remediar pobrezas ajenas y para hacer crecer el Reino mejorando su entorno, sino para acrecentar su bienestar burgués.

Desde luego que Cristo con sus palabras no aboga a favor del lujo en los lugares y objetos litúrgicos, ni tampoco pospone, claro está, el servicio y atención a los pobres, sino que quiere ser servido y socorrido en ellos, Ésta va a ser la única cuestión que decida el sentido de la “sentencia final”; es más, Jesús asegura categóricamente: “Todo lo que les hagáis a ellos, a mí me lo hacéis” (Mt 25,40).

Pero, para entregarse a ellos con la generosidad que María de Betania tuvo con Jesús, es preciso ayudar de forma increíble, dispensando tiempo, energía y ternura. Por Cristo se llega mucho mejor al pobre y con las manos más llenas.

El periódico Time envía un reportero a convivir durante un mes con la Madre Teresa de Calcuta y sus monjas en su residencia para “los pobres más pobres”. Al concluir el mes, en el momento de despedirse de la fundadora, le señala: “Todo me parece muy bien; ustedes son admirables; lo que hacen es sencillamente heroico. Pero hay algo que no entiendo. He visto que no pueden llegar a todo; les falta tiempo para atender a tanto pordiosero que se les acerca y, sin embargo, dedican cada día más de tres horas a la oración. ¿No le parece que se las están hurtando a los pobres que las necesitan?”. La Madre Teresa se le queda mirando fijamente, esboza una sonrisa de compasión y le dice: “Lo siento, pero usted no ha entendido nada de lo nuestro”.

El itinerario completo es de Cristo a los pobres y de los pobres a Cristo. Cuando alguien escucha larga y amorosamente a Cristo como María, cuando lo ama y se deja amar por él (Lc 10,38-42), entonces es cuando es capaz de seguir a Jesús en el “romperse” por los demás para derramar la fragancia interior que Cristo le ha infundido.

Elevación Espiritual para este día.
Estaba yo meditando sobre la muerte del Hijo de Dios encarnado. Todo mi afán y deseo era cómo poder vaciar mejor la mente de cuanto la ocupase, para tener más viva memoria de la pasión y muerte del Hijo de Dios.
Estando ocupada con este afán, de repente oí una voz que me dijo: “Yo no te amé fingidamente”. Aquella palabra me hirió con dolor de muerte, pues se me abrieron al punto los ojos del alma, viendo cuán verdadero era lo que me decía. Veía los efectos de aquel amor y lo que movido por él hizo el Hijo de Dios. Veía en mí todo lo contrario, porque yo le amaba sólo fingidamente, no de verdad. Ver esto era para mí un dolor de muerte tan insufrible que me creía morir. De pronto me fueron dichas otras palabras que aumentaron mi dolor.

Mientras daba vueltas a aquellas palabras, él añadió: “Soy yo más íntimo a tu alma que lo es tu alma a sí misma”. Esto aumentaba mi dolor, porque cuanto más íntimo le veía a mí misma, tanto más reconocía la hipocresía de mi parte. Estas palabras suscitaron en mi alma deseos de no querer sentir, ni ver ni decir nada que pudiese ofender a Dios. Y es que eso es lo que Dios requiere a sus hijos, a los que ha llamado y escogido para sentirle, verle y hablar con él.

Reflexión Espiritual para el día.
El ungüento que María extiende es el símbolo de la comunión nupcial con Jesús manifestado por la comunidad cristiana. Celebramos la llamada de nuestras comunidades cristianas, representadas por María de Betania, a la comunión total con Jesús, dador de vida. Es él quien transforma lo que debería haber sido un banquete fúnebre en memoria de Lázaro en un banquete gozoso. Es él quien cambia el hedor insoportable de un muerto “de cuatro días” en el perfume que inunda la casa de alegría. Es él quien contesta a todos los Judas de la tierra, que consideran un despilfarro el ungüento precioso de la intimidad con Dios y oponen los pobres al Señor. Es él quien rechaza la “práctica” de los que prefieren a eficiencia del dinero a cualquier éxtasis de amor y reducen maliciosamente a un valor monetario lo que no tiene precio. Es a él, en resumidas cuentas, a quien debemos buscar en la oración del abandono, en la experiencia contemplativa y en nuestro modo de vivir.

Que el Señor nos libre del error de Judas, que, insensible al perfume de nardo, sólo escucha el tintinear de las monedas, y en vez de percibir el resplandor del aceite, se deja seducir por el brillo del dinero. ¿Cuál es este perfume de ungüento con el que debemos llenar la casa, y cuál es este buen olor de Cristo que debemos difundir por el mundo? El perfume que debe llenar la casa es la comunión. Naturalmente, como el que compró María de Betania, el ungüento de la comunión tiene un precio muy elevado. Y debemos pagarlo sin rebatas, con mucha oración, ya que no se trato de un producto comercial de venta en nuestras perfumerías, ni es fruto de nuestros esfuerzos titánicos. Es un don de Dios que debemos implorar sin cansarnos. Pero lo obtendremos, estoy seguro, y su perfume llenará toda nuestra Iglesia.

El rostro de los personajes y pasajes de la Sagrada Biblia Isaías: 42, 1-7 (42, 1-3/42, 1-4. 6-7). “He aquí a mi siervo”.
De un modo abrupto e inesperado, rompiendo la unidad literaria de estos capítulos, e nos presenta por vez primera en toda la literatura profética un personaje misterioso, el siervo y ungido de Yavé, que encarna en sí los rasgos más finos y característicos tanto del pueblo elegido como de sus principales personajes históricos.

Es éste el primero de cuatro cánticos dedicados a este siervo doliente. Literariamente homogéneos, teológicamente complementarios y con igual objetivo temático, estos cánticos parece ser obra de un discípulo inspirado del Deuteroisaías, posteriormente insertados en los contextos donde ahora se encuentran. No cabe duda de que su ambientación histórica son los años del destierro o inmediatamente siguientes. Sin embargo, si queremos comprender un poco mejor cómo el profeta veía este personaje individual o colectivo que la historia y la revelación posterior han identificado con Jesús de Nazaret, es imprescindible leer conjuntamente los cuatro cánticos con su respectivo comentario: cf. 49, 1-6; 50, 4-9a; 52, 13—53, 12.

En este primer canto que nos ocupa se presenta al Siervo de Yavé distinto del pueblo histórico y realizando una doble misión de trascendental relieve. De un lado, renovar la alianza hecha con Israel. De otro, repatriar a los exiliados y establecer la verdadera religión en medio de todas las naciones paganas.

Para ello el autor se sirve de la terminología propia de la creación, “Yo te he formado”, como al primer hombre. Es que con su siervo comienza un Nuevo Mundo, una Nueva Creación, un nuevo orden de cosas a través de la Nueva Alianza realizada con su pueblo. A partir de él todo será nuevo. «Los ciegos» o paganos abrirán sus ojos a la revelación; «los presos» o israelitas serán liberados de las tinieblas o equivocaciones en que viven desterrados. Y todo lo hará el que todo lo hizo con el soplo de su palabra el creador de cielos y tierra. Creador y Redentor serán siempre ideas correlativas en nuestro profeta.

No menos llamativo es el modo cómo este siervo realizará su misión. Encargado de brindar el «derecho», es decir, la torah o doctrina revelada a todos los pueblos, lo hará compaginando las prerrogativas reales, proféticas y sacerdotales simultáneamente.

Como rey implantará el derecho y justicia en la tierra. Derecho y justicia que están muy por encima de los conceptos modernos impregnados de legalismo o sociología; implican una actividad salvífica a todos los niveles sobre la base de los designios de Dios.

Como sacerdote, es a él a quien compete exponer lo mismo que el rey debe implantar: el derecho. Tal era la costumbre en el pueblo de Israel.

Como profeta, le compete ser el paciente altavoz de la voluntad divina en medio de todas las naciones de la tierra.

Rey, sacerdote y profeta en maravilloso contraste con los reyes, sacerdotes y profetas de su tiempo. Nada de procedimientos militares ni de griterío en las plazas ni de legalismo humano. Sencilla y llanamente transformando la interioridad de los individuos, reavivando la mecha a punto de extinguirse, llevando a cabo la verdadera revolución querida por Dios con las armas de la paz.

Y todo ello será efecto de la acción dinámica de Yavé en él, del espíritu divino que lo anima. En el bautismo y en el Tabor nos encontraremos con la realización de esta profecía en Jesús como primicia. Más tarde, en Pentecostés, sobre la naciente Iglesia como comunidad salvífica y medianera universal. Los exiliados no podían llegar tan lejos. A nosotros se nos ha revelado.
Copyright © Reflexiones Católicas.

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